Dos cuentos contra la pereza de David Ocón

“Alexandra/Alejandría”
David Ocón

Me gusta que todo se jode/ derrumbándose sin lugar/ para el llanto ni el dolor/ espero a una muchacha/ ¿importa que venga o no?/ pronto será una sombra/ ráfaga de su olor/ pero sentada frente a mi/ algo la hará inmortal/ perenne como un átomo/ única como una flor.
Inicio con el poema que dedico a vos y a Kavafis, para darle al relato el tono requerido. A veces las comparaciones son torpes pero si la escritura permite que los hombres parezcamos leones y volcanes, las mujeres pueden semejar ciudades, mas sería una pendejada asociarte geográficamente con la ciudad más culta y opulenta del mundo clásico, forzándome a aproximar escalas divergentes, comparando tu cuerpo de muchacha veinteañera con un damero de calles, avenidas y plazas, la Alejandría de más de 2,300 años., pues juntar palmeras con cejas y pestañas, o curvas anatómicas con perfiles lacustres ribereños, es una simpleza balurde. En el Delta del Nilo, sobre una colina entre el lago Mareotis y el Mar Mediterráneo se emplaza Alejandría. En el reparto Lomas del Valle, al sur de La Colonia Centro América vive con sus padres y un hermano la Alexandra. Desconozco la escogencia de tu nombre, pero pienso en el vigor y la belleza, en Alejandro de Macedonia, fundador de la ciudad, Alexander Makedonski, Skánder, el héroe semi dios admirado por la antigüedad que tuvo con Hefestión Amintoros, su súbdito favorito, la relación más tierna de la historia.
Todavía no entiendo por qué Sigmund Freud afirma que para el amor se necesitan cuatro, si son suficiente dos, uno y otro, la pareja primordial., tal vez vuole dire, tal vez quiere decir, que la pareja real se duplica en la virtual cuando al separarse los amantes quedan imaginándose. Ahora digo Eros y es Alexandría, repito Eros y es la Alejandra, barajo nombres de mujeres y ciudades, letras. Quiero decirte a Alejandría siguiendo a Justine por la ciudad, penetrando en sus zonas íntimas y espacios de luz y sombra. La veo caminando en el malecón, desplazándose lenta y leve ante el oleaje de la costanera con las sandalias doradas que le quitan sus amantes mordiendo y chupándole los dedos. Vos trabajás, hacés gestiones con tus tenis, de jeans y blusas frescas, tomás taxis, buses, la doble cabina de tus padres, porque en esta ciudad fea y hostil quiere huevo caminar. La bella mujer misteriosa de “El cuarteto de Alejandría”, absorta en sí misma cuando ama, oye el chillido de las gaviotas que picotean el aire y se tiran al agua en línea recta a pescar peces plateados con los picos duros, Justine camina oyendo el rumor del mar, la sirena de los barcos atracando en el puerto, los disparos de los cazadores de ánades y cocodrilos en el lago, percibe el olor salino que llega de los diques y légamos del delta, presiente mezquitas, sinagogas, la estrella de David y la Menora, iglesias cristianas coptas y ortodoxas, rituales y cúpulas, el faro erguido iluminando, en cambio tu ciudad solo te da ruidos de autos, olor a nafta, a cloacas y graznidos de zanates por las tardes, pero tu voz cálida propaga su rumor marítimo en el contínuum de la charla.
Sigo a Justine viendo su cuerpo grácil como el tuyo, pausado como el de ella, meterse en el barrio árabe, recorre calles sinuosas empinadas, donde putas exhibiendo su carne desparpajadas esperan clientes en vano sin puertas y dinteles con cortinas en callejones de arena, los niños piden limosnas y te pueden bolsear, toujour les natifs, siempre los nativos llevan la peor parte cargando su pobreza con las ropas raídas entre la mugre, llegan extranjeros a desplazarlos y a depredar sus riquezas naturales, los emplean de criados, policías, funcionarios burócratas serviles, y se cogen a sus mujeres. La mujer protagonizada por Anouk Aimé, la actriz adorable de Francia, deja el sitio lúgubre y se dirige al barrio judío a mirar chucherías en las tiendas, cruza a la parte griega con restaurantes y embajadas, los griegos desde antaño erigieron colonias en la cuenca del mar interior, oye varios idiomas conocidos y sentada en la terraza de un hotel se toma un Campar soda, vos vas de las casas chatas de Villa Tiscapa a Metrocentro y ves pasar a los marchistas de los miércoles al Consejo Supremo Electoral, a demandar democracia, elecciones limpias y estado de derecho. Intento intercambiar protagonistas, Alexandra en Alejandría y Justine aquí en Managua, pero los personajes reales o ficticios son parte de su medio y trasplantarlos es violentar. A la egipcia la habitan varias etnias y a vos tu familia, tu compañero de sábanas cansado y tus amigos en el territorio unánime de querer.
Hoy los inchas???????????? se aprestan a ver en los bares con pantallas gigantes el partido en el estadio San Siro de Milano entre el Atlético y el Real Madrid, el clásico de la Champions League, en las graderías gritarán a rabiar viendo en cada gol a los jugadores darse besos y abrazos apretándose las nalgas, consumimos buenos espectáculos de masas. Anoche llovía, el aguacero intenso se dejó caer sobre la tierra para amarla. Per conclúdere, para terminar, mein Alpen perlen, mi preciosa perla de los Alpes, me apropio de la belleza y la poesía dándotelas en la prosa de Lawrence Dürrell: “Arcos de deslumbrantes palomas, como papeles dispersos, se encaraman a los minaretes para recibir en sus alas los últimos resplandores del poniente”, vos debés estar allá.

Pedrorrín
David Ocón

Para Herdy

“Pedorrín”, suena gracioso el mote que Günter Grass endilga a los niños alemanes antes de entrar a las juventudes nazis.
En su autobiografía Pelando la cebolla, el zumo de las primeras capas blancas traslúcidas que el escritor va desprendiendo, no le irrita sus queridos recuerdos de infancia, ni los ojos, ni el alma. “Pioneritos” en Cuba, aquí “Asociación de Niños Sandinistas Luis Alfonso Velásquez Flores”, a los “Pedorrines” los convocan para jugar, ir de excursión y cantar himnos que el nazismo machacaba para reforzar su identidad nacional totalitaria. Años después el premio Nobel de Literatura se sentiría obligado a su rechazo total, conducta normal de la conciencia madura impregnada de ética.
Cuando las chicharras chillan hasta morir pegadas en los troncos de los abetos y abedules y el calor ardiente del verano no lo mitigan los vientos del Báltico o del Mar del Norte, los grupos de niños uniformados con shorts y camisetas, y gorritas con viseras anchas, marchan en fila cantando canciones de zagas mitológicas y leyendas: “Las Walkirias”, “El anillo de los Nibelungos”, “Lohengrin”, Günter marca el paso muy serio mirando la llanura polaca o alemana de Danzig o Gdánsk extendida junto al mar hasta fundirse con él, las voces cantan puras y todavía el fascismo con sus líderes de rebaños, dirigentes de masas, no los hace corear consignas excluyentes cargadas de soberbia, las mochilas sobre las espaldas van repletas de pan con mantequilla y mermeladas que prepararon sus madres.
Han salido al alba, ante el resplandor naciente de un alba que roza la tierra, y aparta y disuelve las brumas del mar, oyen graznar a los pelícanos y a las gaviotas, ven navegar veleros de velas blancas y barcos de guerra acorazados exhibiendo en las chimeneas de proa cruces esvásticas gamadas. Inocencia, el fascismo germano fue cuidadoso en no perturbar las mentes infantiles con consignas políticas, en su imaginación los niños tendrán chance de ver saltar a las ranas en los charcos y revolotear zumbando a las abejas laboriosas que liban el néctar de las flores para elaborar la miel. Enajenar, alienar, alinear, serán verbos conjugados a posteriori, ya gritarán las juventudes en los estadios y en las plazas las consignas del partido, y su rugido como el de una sola garganta vigorosa atronará el aire. Ahora es el momento de cantar: salta ranita, salta, vuela abejita, vuela.
Cuando anduvo por aquí apoyando a la R.P.S. (a la Revolución Popular Sandinista), podríamos haberlo visto contento en su paseo imperturbable, resaltada su altura con el prominente labio inferior sombreado por un bigote tupido cortado como una brocha, su labio que de niño soplaba para apartarse de la frente el suave mechón de pelo lacio, y saludarlo como su tía abuela Anna, madre del cartero fusilado, con una frase imbatible: “Vaya, Günterito, qué grande te has hecho”.

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