El Diario prohibido de Celina Moncada

Por Daisy Zamora

Prólogo

No quiero la belleza, quiero la identidad.
Clarice Lispector: La pasión según G.H.

I

Mi primer encuentro con Celina Moncada fue propiciado por el poeta Ernesto Cardenal en el año 2009, en Managua, donde ambas coincidimos de visita en el país, ella venida de Roma y yo de San Francisco de California. Digo mi primer encuentro porque, de conocernos, Celina y yo nos hemos conocido durante mucho tiempo, casi por toda la vida. Es decir, cada una ha sabido de la existencia de la otra desde que éramos yo una joven y ella todavía una adolescente, sobrina de mi amiga Adilia Moncada, a quien se le notaba a la legua que amaba entrañablemente a aquella sobrina –en su opinión, singular e iconoclasta– y cuya inteligencia y audacia no cesaba de admirar, por lo que la mencionaba con frecuencia en sus pláticas y sólo para hablar maravillas de ella. Las cosas que Adilia contaba de Celina despertaban mi interés por conocerla de cerca y tratarla más, puesto que esporádicamente habíamos coincidido en sitios públicos o en casas de amigos en común; pero la vorágine del trabajo en los años iniciales del Gobierno Revolucionario, y principalmente mi cargo de viceministro en el Ministerio de Cultura presidido por Ernesto Cardenal, me obligaba a dedicar el máximo de mi tiempo y esfuerzo a garantizar el cumplimiento de los programas culturales de esa institución. De tal manera sentía yo mi compromiso con la revolución y con tanto empeño lo ejercía en la práctica, que en ese entonces pesó más en mí el deber o la obligación de atender las múltiples demandas de un trabajo complejo y extenuante que consumía prácticamente todo mi tiempo disponible, que la libertad de darme un espacio propio, para acercarme a personas que me llamaban la atención y con las cuales me habría gustado cultivar una relación de amistad. Una de estas personas era Celina Moncada.

Desde esa época, ya lejana, tuvo que pasar mucho tiempo –décadas– para que al fin se diera lo que he llamado el primer encuentro entre ella y yo. Fue entonces, hasta esa vez que mencioné al comienzo de estas líneas, que en verdad nos encontramos, convocadas por el poeta Cardenal para asistir a uno de sus talleres de poesía que imparte a los niños con cáncer en el hospital La Mascota, y a los que suelo acompañarlo cuando estoy en Nicaragua. En el patio de “El Albergue”, nombre del pabellón en donde están los pequeños enfermos de cáncer, nos sentamos alrededor de dos mesas redondas de plástico color blanco, listos para empezar la sesión del taller. En una de las mesas estábamos Celina y yo con los poetas Ernesto Cardenal y Claribel Alegría, rodeados por un grupo de niños y niñas. Entre tímidos y sonrientes, los niños lanzaban miradas furtivas a Celina, que era la novedad de esa tarde. En la otra mesa estaba el poeta Marvin Ríos repartiendo lápices de colores a los chiquitines que no saben leer ni escribir, y llegan al taller sólo a dibujar. Marvin Ríos es el instructor permanente de los talleres y garantiza que se cumpla la sesión semanal, aun cuando el poeta Cardenal por alguna razón no pueda estar presente. Recuerdo el escenario de este encuentro: el patio recién regado, parches de grama húmeda, y el aroma vegetal de la tierra mojada esparciéndose en el ambiente; el mango que nos acogía bajo su sombra fresca y el rumor de su follaje movido por la brisa. Al contorno del patio, primorosas, gencianas, arbustos de hojas de color, plátanos, palmeras y buganvilias, formaban un cerco de variados tonos de verde, salpicado de blancos, lilas, rojos, amarillos y morados.

Inspirados en los poemas leídos por Ernesto y Claribel, los niños se aplicaron a escribir. El ras, ras, de los lápices sobre el papel era apenas audible, y también las vocecitas de algunos de ellos que no querían o no podían escribir, y nos dictaban sus poemas en susurros para no distraer a los demás. Terminada la sesión, y mientras los niños tomaban sus refrigerios, Celina y yo empezamos a platicar. Esta fue la primera vez que realmente conversamos.

Esa misma semana coincidimos en la Casa de los Mejía-Godoy, una noche en que se realizaba el lanzamiento del libro Me gustan los poemas y me gusta la vida, antología publicada por Ediciones Centroamericanas ANAMÁ, en la cual Ernesto Cardenal compiló los poemas de niños con cáncer. Había una gran concurrencia, especialmente de escritores, artistas, embajadores, agregados culturales y personalidades conocidas, y también estaban presentes como invitados especiales, un grupo de los pequeños autores y sus padres. En medio del bullicio de la gente que abarrotaba el local, Celina y yo empezamos a conversar. Pronto nos sumergimos en una plática intensa, y a medida que comparábamos experiencias e íbamos desentrañando lo vivido a través de los años, fuimos encontrando que teníamos mucho en común. Como es natural cuando se ha vivido por largo tiempo, a las dos nos había tocado pasar por los múltiples y diversos avatares que a todos nos depara la existencia, los cuales se complican y embrollan aún más, cuando decidimos asumir a fondo y con integridad la propia vida, y vivirla a plenitud. Nos dimos cuenta de que, cómo habíamos decidido vivir era lo que nos hermanaba y nos identificaba plenamente. Porque en la contienda que entablamos con la vida, la clave de la diferencia reside en el modo en que decidimos cómo vivirla. Cuando se tiene por guía una irreductible voluntad de libertad y trascendencia, y a la vez se está consciente de la dignidad propia y se tiene respeto por la ajena, el trayecto de por sí abrupto, se vuelve más intrincado: hay que morir y renacer muchas veces hasta vislumbrar, borrosamente al comienzo, y luego con mayor certidumbre, nuestro verdadero ser. Practicar esta ética en la vida cotidiana presenta un desafío considerable para cualquier individuo. Pero, si el individuo que se impone este desafío es una mujer que lucha día a día por reconocerse como ser autónomo, asume el compromiso de su desarrollo como persona, y se mantiene lúcida frente a su propia existencia, la batalla se vuelve titánica. Al hacer un recuento de nuestras vidas en la conversación de esa noche, confirmamos una vez más lo sabido: es heroico el esfuerzo que una mujer debe hacer para mantenerse fiel a su esencia verdadera, y además, tener la valentía de resistirse a aceptar cualquier otro rol o roles que desde afuera (o desde su interior) quieran imponérsele para impedir su desarrollo, fijarla en estereotipos y mantenerla eternamente subordinada a las demandas de los demás.

De pronto, Celina sacó un libro de su cartera. Era su Diario Loco, recién publicado por la misma editorial ANAMÁ y que sería presentado en los próximos días. “Tomá”, dijo, dándome el libro, “te lo regalo”. Fue un gesto espontáneo, y yo se lo agradecí. Le pedí que lo autografiara. Escribió la dedicatoria y me devolvió el libro, diciéndome: “Aquí cuento cosas tremendas… y nadie se atreve a hacer la presentación”. En dos días yo me regresaba a San Francisco, y el lanzamiento del Diario Loco era hasta la semana siguiente. Le dije que de haber estado en Managua yo lo habría presentado. Dije la verdad, mi ofrecimiento era sincero. Creo que en ese momento, sin saberlo aún, las dos sellamos nuestra amistad.

Esa misma noche, en mi habitación, abrí el libro de Celina para hojearlo antes de dormir. Amanecí leyéndolo.

II

Cuando Celina prometió enviarme el Diario Prohibido, anticipé que seguramente me interesaría tanto como el Diario Loco que había leído casi de un tirón aquella noche, después de nuestro segundo encuentro. Y en cuanto recibí el nuevo libro comencé a leerlo. Desde los primeros párrafos me atrapó, y ya no pude parar. Apenas lo concluí, le escribí a Celina la impresión que su Diario Prohibido me había causado. Para dar una idea más exacta del efecto que me produjo, cito a continuación parte de mi mensaje a ella: “Tu libro me conmocionó espiritualmente, emocionalmente, y hasta físicamente, porque me ha dejado en shock. Tenía que ir hoy al consulado de Nicaragua a solicitar un pasaporte nuevo porque no están renovándole el pasaporte a nadie –obligatoriamente hay que sacar uno nuevo– y no tengo ganas ni de moverme. El jueves debo participar en un recital de poesía y no tengo ni idea de qué voy a leer ni interés de ir, me siento paralizada. Tu libro es estremecedor, ha tenido en mí un impacto tal, que todavía no sé de qué alcance, y estoy asimilándolo, procesándolo poco a poco, porque son demasiadas las revelaciones que he tenido leyéndolo, y estoy abrumada.”

La cita anterior resume en pocas palabras el efecto que el Diario Prohibido seguramente va a tener en “cualquier lector medianamente perceptivo”, como acertadamente señala Francisco Larios en su “Carta del Editor”, al final del libro. En estos tiempos en que prevalece la cultura del entretenimiento y está de moda la escritura –no me atrevo a decir literatura– “light”, celebro la publicación del Diario Prohibido de Celina Moncada, por la Universidad Veracruzana. En medio de tanta superficialidad, Celina viene a sacudirnos con sus palabras que calan hasta las entrañas, por la sinceridad absoluta con que las dice y por lo que esas palabras en sí dicen: palabras sin concesiones para nadie, ni siquiera para ella misma, y que ella dispara como dardos certeros que siempre dan en el blanco. Palabras transgresoras, traspasadas de verdad, de humor y de ironía, de dolor y de nostalgia, de honestidad y de entereza de carácter, palabras dichas siempre con valentía. Leyendo la transcripción vívida y verídica que hace Celina Moncada de lo que somos como humanidad, de lo que la vida es con todos sus altibajos y contradicciones, y del mundo en que habitamos, vamos entendiendo cosas sobre nosotros mismos y nuestros semejantes, sobre lo que nos rodea, y sobre esta Tierra frágil que nos sustenta; entendimiento que viene a enriquecer nuestra experiencia, y que de alguna manera nos transforma. Es decir, sentimos que la lectura de su libro cambia algo en nuestro interior. Algo que nos ha estremecido y ha profundizado en nosotros la comprensión de nuestro propio ser y de nuestro prójimo, de la humanidad y del universo. En ese algo que nos cambia, está la clave de por qué debe importarnos leer el Diario Prohibido.

Sin aspavientos, sin pretensiones de ningún tipo y con naturalidad genuina, Celina Moncada nos entrega un diario personal que es, a la vez, reflexión sobre la humanidad y crónica de lo que acontece en el mundo; un libro autobiográfico, que indaga el significado de la propia existencia, así como de vivencias contradictorias, dolorosas o inexplicables; un libro escrito desde la experiencia individual, que reflexiona sobre el paso del tiempo, la pérdida de la belleza, el amor y el deseo de ser amada, la soledad, el dolor, el odio, el desarraigo y la muerte, pero que también opina sobre literatura y poesía, cine, música y artes visuales; un libro que se adentra en la espiritualidad, la religión y la mística, Dios, la filosofía y la ética, la solidaridad y las ideologías, pero también se ocupa de la iglesia Católica, el Vaticano y la mafia; un libro que medita sobre el poder, la injusticia social, la opresión y la explotación del prójimo, el egoísmo, el consumismo desenfrenado, la codicia, la opulencia y el dinero, pero asimismo da su parecer sobre los medios audiovisuales, el desarrollo tecnológico, y la ciencia y los experimentos científicos; un libro que nos remite a la historia, a la política, a la economía, a la globalización y las crisis económicas, a la miseria, la guerra, el terrorismo y la violencia en el mundo, incluidos el narcotráfico y la droga, la xenofobia, la violencia sexual contra mujeres y niños en la familia y en la sociedad, los gays y la violencia contra ellos y la discriminación racial; y al mismo tiempo, nos introduce en el ámbito de los sueños, las premoniciones, visiones e intuiciones. Un libro que insiste en recordarnos, una y otra vez, que la Tierra es frágil; que nos advierte sobre la depredación sistemática de la naturaleza, la degradación del medio ambiente y el cambio climático, y nos hace ver que el rumbo del planeta “hacia su destrucción o salvación” está en nuestras manos.

Y en este libro tan singular que Celina Moncada ha escrito, ella también relata vivencias personales que pueden asemejarse a las que muchos nicaragüenses tuvimos (ya sea en lo personal o en lo colectivo) antes, durante y después de la Revolución Popular Sandinista, esa utopía social en la que estábamos inmersos y que creíamos posible. El testimonio veraz que Celina da de esa experiencia histórica que cambió radicalmente la vida de más de una generación de nicaragüenses, y su recuento de todo lo que ha sucedido desde entonces y que se prolonga hasta el presente, así como las revelaciones que contiene, son textos muy intensos, escritos con un coraje extraordinario.

Por esto último que digo y por todo lo demás que he explicado en este prólogo, reitero aquí lo que le escribí a Celina en el mensaje que cité antes, y que concluía así: “No te digo más, porque ya ni sé que decirte, solo sé que lo que has escrito es algo único, poderoso y arrasador. Tu libro es como un tsunami.”

Daisy Zamora, San Francisco, 2012

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