Dos cuentos de Edgar Escobar Barba a tres años de su muerte

LAS SIRVIENTAS

Edgar Escobar Barba

No sabía porque eran tantos problemas con las mujeres que hacían el quehacer en el departamento. Un niño de ocho años noqueando a la mujer o la chavala. Dos o tres golpes y pack.

El caso es: la mama lo reprendía, a Luisito, y el cumiche no enmendaba el golpe ni el comportamiento. Ya un gancho a la mandíbula o a la mejilla. Atarantamiento o caída directamente al suelo, ya los insultos o portazos. Reclamos y casi indemnizaciones a las féminas con cara de yo no fui ni sé que sucedió con ese monstro señora, para nada, ni mala cara le hago. No mama, ella quiso, quiso, ayyy me duele siñora, mi duele.

Váyase castigado a su cuarto y nada de televisión en blanco y negro de ver Míster Ed o ver las luchas. Dispénseme chonita, ya, tenga esta pomada para el morete, que vergüenza. Ay siñora, y donde se pellisca la pared. Ahhh, se enciende, ahí nomás. Siguieron los años, siguieron las mismas rencillas. Si acaso medio pasaba era cuando reía y lloraba con la comediante de la India María con sus gracias autóctonas. Cuando a los veinticinco lo enviaron con la psicóloga, lo hizo volver casi al vientre y así supieron el origen de sus manías: a los dos meses casi se muere de ahogo porque la chavala cuidadora no le calmaba ni el hambre ni la lloradera y lo fue durmiendo metiéndole papel periódico por la boca. A los tres años una anciana le sacaba el pirrin y como que le hacia sus cositas, y el nene ahí fue la primera puñe-teada en soltar. Ya otra a los cuatro años, le abría la puerta cuando iba tímidamente, de pie, al baño a orinar. Y ya a eso de los doce la mucama negra de cuerpo de pantera en celo, le decía lo iba a bañar en la tina con todo y masaje; el chavalo le dijo a la mama cuando iba de compras, se vuelve y broncón: corrieron a la blufeña y por poco le toca otro tanto al papa. Más adelante fue una mucama la primera experiencia íntima después de jugar tres semanas seguidas a la lucha libre y exponer la máscara contra la cabellera. Susto grato y temblorino de ver a una mujer desnuda y sobretodo lo que le hizo con esas llaves del tope, la quebradora, la plancha y la jineta. Uta. Ahí fue donde se curó de sus malestares y empezaron otros, el papa y el eran exigentes con la selectiva de quien iba a realizar el quehacer, pero sobretodo era el atuendo, la apostura de la yegua más si era o no buena para la higiene, una tenía piojos y eso la salvó de Luisito pero no del papa, donde la mama tuvo que raparse y mandar en cuarentena al progenitor.

Las broncas sique pero ahora la mama tenía que advertirle cuidadito con las muchachas, nada de comerse la tortita, embarazarla o algo parecido, cuidadito. Ahí nacería la estrategias de cómo hacer caer a la estiwar y evitar la mama se enterara, y el apoyo del papa, con el cual, se echaban suertes para ver quien se quedaba con la recién llegada. Bueno, así fue la vida de Luis, quien fue a casarse con una sirvienta y el ahora también sirve de jardinero en la misma mansión donde tratan de manosear a su mujer con todo y delantal.

Psttt- es celoso con las hijas, y alcahueto con su chavalo.

LA RÉMORA
Edgar Escobar Barba

Sos una rémora, le gritaron los vecinos. Rémora. Rémora. Y el fulano al sentirse descubierto, pies en polvorosa o mejor dicho, escamas y alas de pescado a volar en nuevas aguas. No volvieron a saber de él en ese barrio porque en otros, cobró fama de pesgoste, vividor, mantenido. Pero cómo, porque tanta ofensa si era un orgullo obtener trabajo de esa forma, cual era el problema si ese era su oficio y así le habían enseñado en casa. Acaso su papa y hermana no hacían lo mismo con la mama y sus otros hermanos y hermanas. Acaso la Rutilia controlaba a sus enamorados: hacer méritos: invitarla a salir, comprarle ropa, antojos, uyyy, de todo. Esos antojos la llevaron a supuestamente encadenarse por el crio en camino pero aun así siguió de rémora con el oficial y los enamorados. En casa eran expertos. El papa con su mama, ese era su labor mientras ella lavaba, planchaba, hacia comidas, mientras papa oyendo radio y exigiendo ropa limpia, boquitas y atenciones prioritarias si no, ya sabes, me busco a otras que me mantengan, digo, me aprecien, mi pichoncito sin no tengo trabajo desde hace cinco años, no valoran mis conocimientos astrológicos, matebrúticos y filosóficos y así no se puede si no me pagan en dólares y un horario libre de entrar y salir como en mi casa o con mi mujer, ejemp. De ahí no es de extrañar la postura de rémora: pegarse a un tiburón y limpiarle los dientes o las partes que no alcanza. Se dice de un pajarito acompañante del rinoceronte, e incluso le silva para prevenirlo de sus enemigos. Otro tanto somos los humanos, buscamos en quien acomodarnos, ser casi esclavos, pero sutiles, para de ahí recibir los beneficios de nuestro o nuestra protectora. Y tenemos peso, por la cercanía, al grado de saber cómo hablarle al monstruo. El poder. Bestia, temida, devora. Arrasa. Porque no tener un confidente seguro. Pero así es esto, no somos como los burrócratas, para nada, esos tiene su propio estilacho. Nosotros, nos da por ser mantenidos, si, y que, así nos educaron, así nos comportamos antes la sociedad, el barrio, el hogar, él o la compañera. Si hasta se empieza a hacer la filosofía de las rémoras y anexas. Creamos escuela, pero solo para iniciados, porque si no la competencia se acrecienta y perdemos puestos vitales. Y no conviene. Y ya me voy a otro barrio y a otro, a seguir de parásito, comiendo no de gratis, porque uno suda también limpiando las inmundicias del Leviatán.

Edgar Escobar Barba. (Nicaragua, 1956 – 2015). Poeta, ensayista, periodista e incansable promotor cultural. Publicó cuentos y poesía, entre ellos, Entre sustos con los ahuizotes (2000). Miligramos (2000), Cántaros (2002), Más que Vago Peregrino (2003), Intimidades Nocturnas (2003), su libro Mensajes cifrados (2006). Investigador de las leyendas nicaragüenses y se dedicó a promover talleres de literatura. Es autor de Brevísima Antología (2005), que reúne a 55 cuentos de 37 escritores.

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