Rodrigo Balam: Libro Centroamericano de los muertos

Rodrigo Balam
RONALDO SCHEMIDT AFP. Migrantes de Centroamérica caminan entre las vías del tren mientras esperan para intentar subirse a uno.

Por Rodrigo Balam

14°54’18.8″N 92°21’14.1″W — (Huehuetán, Chiapas)

Se hunde el sol en el azul agua del Archipiélago de Solentiname,
en el Gran Lago de Nicaragua. Pero aquí donde estoy,
La Bestia deambula una y otra vez sobre mi cuerpo tendido,
estirado como la piel de un lobo que se alarga
hasta volverse una maraña de tendones e hilos desteñidos.
A mi lado se yergue, colosal, una ceiba, vegetal ciudad para los pájaros,
gigante de clorofila que anda sobre la tierra con pies de savia,
mole corpulenta y despeinada que habla con voz de hojarasca,
como los muertos, como yo, esperando en cada estación de lluvias,
en cada estación de tren, ser habitación de bandadas de pájaros
como las hordas silbantes, desperdigadas, de migrantes, de paisanos míos,
de madres y padres míos, hijos de mi raíz que buscan otras ramas,
otros nidos, para trinar lejos, muy lejos de aquí.
Extraño las flores de los lirios, el evangelio terrestre
de los muelles en comunión con las barcas.
Pasa el tren afilando esféricos machetes.
Estiro los huesos hacia el rizoma de la muerte.

Árbol sin ramas, a mi cuerpo le han talado hasta la sombra.

Ataque a tren en México hiere a migrantes de Nicaragua

Una bandada de ángeles sube al tren del suicidio:
cruza México para llegar a Estados Unidos.

Las Patronas, 17 años de ayuda concreta a los migrantes. Por los esfuerzos que implica ofrecer un taco y agua, día a día desde 1995, sin recibir un peso, a los migrantes que viajan en el tren conocido como La Bestia, el grupo de mujeres veracruzanas recibe premio de derechos humanos

Para Las Patronas, que tienen más güevos que cualquier gallo

Tormenta en La Patrona, Amatlán, Veracruz.

Es una noche encendida con lámparas de petróleo;
la luz se ha ido —la del sol, la de los cables—.

Riñe con furia la lluvia contra el techo, agua en láminas
vencidas por el tableteo de las metrallas.

Café de tortillas quemadas, negras hasta el carbón,
coladas con un trapo de manta.

No hay más que tortillas para saciar el hambre,
frijoles hervidos con leña.

El fuego ilumina rostros, calienta sombras.

Tiritan los migrantes con tazas en la mano,
pequeñas hogueras de agua, velas de azúcar
para el camino.

Hablan poco, llevan los ojos a la tierra,
a sus grietas, y la ceniza escarcha
los pies con su nieve de maderas calcinadas.

Trepida el tren la tierra con sus pasos;
brama profundo, hace morir los restos del sol.

Dos nicas abren las pupilas como salvajes gatos:

“mañana subiremos a La Bestia, mañana”.

Sin embargo, se levantan.

Fallece en hospital mutilado por La Bestia

Oteando hacia el norte, aquí, tirado en jirones,
recién parido de La Bestia, me llega un olor a hibiscos,
un olor a bisbiseantes flores, las que mi abuela
cortaba en Matagalpa, Nicaragua.

19°35’29.9″N 99°09’03.3″W — (Tultitlán, Estado de México)

En vida me llamé Walter. Y heme aquí, con mis huesos blanqueando
el basurero municipal de Tultitlán, Estado de México.
Crucé medio México y su odio entero montado en La Bestia,
y a veces a pie, sin respiro, para seguir mi sueño:
escapar de la cuota serial de las pandillas y comprar con dólares
algunos trastos y una estufa para mi madre.
Jamás llegué, truncaron mi destino. Ahora no tengo descanso ni sepulcro.
Sólo espero el día de la resurrección para levantarme,
a la luz de la luna nicaragüense, y tener una muerte mejor.
Sería feliz si mi madre hiciera nacatamales y nezquizara
el maíz en su fogón. Pero sé que no llora por el humo.
Allá en Managua otro estará con mi mujer; uno más le tatuará mis hijos.
No muy lejos de aquí, mis asesinos calzan mis zapatos, visten mis ropas;
policías municipales con más saña y más rabia que la de las pandillas.
Arriba, las máquinas trituran lo poco que queda de mis huesos
y un chucho mastica sin descanso mis últimos tendones.

Dejé un breve recuerdo en el albergue del padre Alexander:

“aquí estuvo Walter, originario de Managua, Nicaragua, C.A.”

Y aquí sigo.

Rodrigo Balam (Villa de Comaltitlán, Soconusco, Chiapas, 1974). Exfutbolista, biólogo y diplomado en teología pastoral. Autor de veintisiete libros de poesía (veintitrés títulos y cuatro libros reeditados), los más recientes: Sobras reunidas (antología de poesías & pensamientos inútiles) (Los Bastardos de La Uva, México, 2016), Colibrije (FOEM, México, 2017), Marabunta (Libros Invisibles, México, 2017; Praxis, México, 2018; Yaugurú, Uruguay, 2018), Ceibario (IMAC-Tijuana, México, 2018) y Libro centroamericano de los muertos (FCE, México, 2018). Su obra ha merecido, entre otros: Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014 y Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018. Miembro del Sistema Nacional Creadores de Arte de México en la disciplina de letras.

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