Homenaje a Eunice Odio en su Centenario

LAS EUNICIANAS TERRESTRES
Compilación de la presente poesía por Javier Alvarado en Homenaje a Eunice Odio en el Centenario de su nacimiento.

Eunice Odio, nació en San José, Costa Rica, el 18 de octubre de 1919 y falleció en el  Distrito Federal, México,  el 23 de marzo de 1974.  Poeta costarricense por excelencia.

 

ZINGONIA ZINGONE
(ITALIA)

ASÍ CANTA EL AMOR

 Si pudiera abrir mi gruesa flor…
Si pudiera quedarme abierta al sol…
Eunice Odio

Sentada ante un papel de cielo,

regreso al nido lejano y vacío:

tus manos pintando los confines del deseo.

Si pudiera entrar en ese azul perdido, aleteando

sílabas amorosas en la superficie de la noche,

desde tu pincel, una blanca mariposa de carne

se abriría a las fragancias del asombro;

el gemido callado y tenaz

haciendo de las horas la cumbre de un lucero.

Allí trenzaría tu nido con hilos de seda

y lo trasladaría hasta mis costas:

caderas de princesa fenicia, en éxtasis,

frente al toro, su amado. No temas

el lienzo, no lo dejes en blanco;

si es amor, todo regresa hasta su forma exacta.

Aventúrate en la simetría invisible

que mis versos esconden,

constelación que inaugura a la sagrada forma,

y con su canto derrumba

todos los confines.

San José, 26 de agosto de 2019

 

CAMILA CHARRY NORIEGA
(COLOMBIA)

DESPEDIDA

 El ganado decrece tiernamente en lo oscuro
Eunice Odio

nos despedimos para siempre

y tuvimos miedo

de la hierba que crecía

 

a lo lejos las manadas se adentraban en lo oscuro

supimos entonces que la ternura

tiene muchas formas de fugarse

 

sobreviviríamos

sin embargo

a pesar de la explanada que se hinchaba de negrura

a pesar del poco fuego que se adivinaba en las montañas

y se ocupada de alumbrar apenas los cascos que temblaban

antes de hundirse para siempre

las cabezas y los cachos

para siempre un solo mugido que en espesura combatía

con la hierba que soltaba en su afán por ser lo oscuro

quejitos que nos quebraban la voz

 

nos despedimos

y las manos chorreaban tiempo

 

no alcanzaban los dedos a contar

la vida que desaparecía

 

MARÍA ANTONIETA FLORES
(VENEZUELA)

la mariposa era un relámpago

 en medio de las tormentas

delineabas tus ojos

con una furia celeste

 

con alas han sido tus sueños

alas de luz y amanecer

celestes

inmensas como las batallas que guían contra el mal

las alas

alas que anuncian la transparencia del umbral

 

arcángel miguel

tú merodeas sus noches

resguardas sus palabras

vigilas sus esquinas

 

Eunice

tus versos resplandecen

tú llegas desnuda a ellos

el incendio reposa en tu mirada

una mariposa alza el vuelo

 

el bosque de tu corazón ha quedado entre poemas

juan juan llamaste

déjame en la zona franca de las imaginaciones

y trae el calor de tus manos

era tu última ronda sobre la tierra

 

TANIA PLEITEZ VELA

(EL SALVADOR)

EUNICE NIÑA

con cinco años

Eunice se fuga de casa

camina por horas

sola

pasos

ligeros

pequeños

encarnados en la ciudad

al regresar

cólera de madre

azotes

regaños

otro día

la madre habla de

la vieja de los cueros

vive en el cielo

y hace restallar

un gato con siete colas

cada vez que Eunice

se porta mal

ruido súbito y seco

(alaridos de rayos y truenos)

la niña dibuja

una viñeta

en su imaginación

se vuelve a escapar

transgresión en potencia

hace de la fuga

un oficio

28 de agosto de 2019

 

IVONNE GORDON

(ECUADOR)

La cereza prismática de Eunice Odio

 

…y me ha dolido mucho amar a trechos

impenitente y sola,

y hablar de cosas inacabadas…

                            Eunice Odio

Cuando contemplo el cielo abrumado de olvido,

Eunice Odio salta como un surtidor de las arterias,

y la espero para que me llame en oscuras, entre

las hojas de otoño que dan vuelta en las entrañas,

que huyen solas en ese inacabable silencio.

 

Lloro el llanto de los poetas al descubrir su dialecto oscuro

en una época que las mujeres callaban, murmuraban en frases silentes

delante de las señales de luz. Callaban los aullidos de su cuerpo. Resistían

hacer el amor fuera de los horarios acostumbrados.

Callaban.

Cuando una mujer ama al filo de un cuchillo eclipsado,

cuando una mujer escribe versos sobre un mar negro,

la hacen callar. La inclemencia de los otros fueron disparos

brutales en su mundo de sensaciones. Mucho puede acontecer,

pero las mujeres callan.

Callan.

Callan cuando el primer gesto hace vibrar las larvas moribundas de la memoria.

 

El espejo de Eunice Odio se quebró en un momento, la pasión

saltó de sus versos para ametrallar a los que no concebían

el amor a trechos, se levantó las faldas para abrazar la tarde de los brazos

de los que no sabían hablar de cosas inacabadas.

No concebían.

No conciben.

 

El mundo falso le dio dentelladas en su carne. Pero ella, se colocó ríos

en su sangre, y con el corsario desnudo en el cráter de la muerte,

sus labios de cereza hicieron vibrar los festines en la cama,

se paseó por lugares desconocidos en el razonamiento de la carne, e hizo

del nombre del amado una interrogación inconclusa,

donde se confunde hasta el ocaso en el infundio de su sonrisa.

La miserable ausencia hizo de sus pechos exhaustos y vientre vertiginoso

parar de brindar tanto amor a secas y dejar de acariciar al animal pequeño,

doliente y transitivo que vivía en sus adentros.

 

Imagino su dolor y su irreverencia acostarse con el vientre

liso al lado de una gota de sangre que cae de un solo

golpe, imagino los trancazos que sufrió por urdir

rosarios diferentes y tristes, imagino incluso, cómo se enredaba

en su garganta el nudo de su incontenible inquietud.

Hay días que nos miramos con certeza en la profundidad

del exilio y entendemos lo que es la primera palabra, lo que es un cielo

extenuado, una flor de geranio ya marchita.

Entendemos lo que es el exilio de una casa deshabitada.

Entendemos.

 

Los llantos y el amor se unen en el hambre oportuna,

y nos encontramos entre tus poemas con caminos llenos de agua

para saciar la sed de los mortales que no pudieron ver en tus ojos

la grandeza de tus fervores en las letras. Ahora, regreso

a ti Eunice para morder los geranios, y lanzar un grito

en ese inacabable silencio que es tu poesía de arterias,

de voz, y aquí te espero para que me llames en oscuras

en ese surtidor secreto lleno de pasiones, de lumbre de cerro,

de fogosidades labradas en abismos, y finalmente,

desde tu tumba me despiertas plácidamente al borde de tu muerte.

 

MIA GALLEGOS
(COSTA RICA)

RÉQUIEM PARA EUNICE ODIO

 

Hermana,

Puedo llamarte desde la delicia del claustro,

hermana, que como yo fue negada,

y por ello saltó,

saltamos juntas

hacia el vacío y hacia la luz.

 

Sigo tus pasos

y trato de evocar la penumbra

de tu propio claustro

y del tiempo que hizo

que fueran míos tus pasos ya idos.

 

Sí te he seguido,

sé que la vida es breve y harta de sinsabores,

y contigo musito a Job

y a la novia de los cantares a quien besaba el viento.

 

Me pienso en ti,

y soy esa raíz que aquí dejaste,

guardada como tú en el claustro,

buscando el camino de las Catedrales.

 

No te conocí, pero te sigo.

Cuando el día se vuelve

pesado y seco

y deambulo

entre dibujos de arcángeles

o de ángeles que perdieron su música y sus alas.

 

Tú estás en el eco interior que jamás pierdo.

Íntimo eslabón de lo materno.

Sigo con avidez cada pisada tuya,

como si presintiera,

como si buscando entre estas

altas y templadas torres

fuera al encuentro de algo que perdimos,

que nos fue negado a ambas.

 

Y pienso en el aire,

como primer elemento para nacernos juntas,

y en los cabellos azulados de Ion

-tan sin fronteras y apátrida-.

 

Por eso sigo y camino

buscándote como a una hermana,

tan apátrida y altiva,

tan numeral y estéril,

que solo parecía nacer y renacer

al contacto del fuego y de la llama,

o del aire

quemado en el oficio de la creación.

 

¿Dónde estás y dónde estarás mañana?

Si tú no has muerto,

tan solo permaneces en reposo,

en tu catedral de cuerpos

que ofician la danza

con el dios del alba.

 

Sé que tan solo duermes

junto al fuego,

ese que enaltece la mirada

y blanquea las nubes

y sube al cielo

arrastrando la miel y la leche

de los campos de ovejas blancas.

 

Qué habrá sido de tu silencio sesgado por el agua,

de tu conversación a solas con el aire,

de ese claustro tuyo

donde bailaba la luz

y eran amantes tuyas las verduras

y los tallos de altísimos brotes.

 

No te conocí, es cierto.

Pero se me murió en no sé que milenio

una hermana que oficiaba

sus tránsitos al alba.

 

Cómo nacer de ti,

hermana amiga,

desde este claustro a solas

y en oscuros,

en donde espero se abran

algún día las puertas

y regresar.

 

 

PAOLA VALVERDE
(COSTA RICA)

LAS FORMAS DEL AIRE

 

“Solo por él la desolada puerta tendrá una larga llave,

una llave construida de abismos implacables”

Eunice Odio

El ojo es ancho, carece de musgo

y herrumbre.

 

Agita la reja

como un murmullo:

los canceles se rompen.

 

El aire ocupa la bañera,

la rosa se ha vuelto espiga.

Nadie advirtió que aquel ardor

abultaría la piel;

sacudiría los cultivos.

 

Con los pies en alto

y la voz llagada

una rugosidad entre los dedos

sostuvo el íntimo follaje

por última vez.

 

Ella custodió la miga

que dio forma a las criaturas,

como gérmenes de viento.

 

La llave se retuerce entre el polvo

y la ceniza.

 

Hay señales que se escurren

por debajo de la puerta;

la lluvia trae escamas

en los rostros de papel.

 

 MONTHIA SANCHO CUBERO

(COSTA RICA)

Del libro: El rastro de la grulla. (2019)

I

Fui paloma migratoria,

sustraje de cada puerto

un puñado de tierra

y descifré con mis dedos

el principio de todas las cosas.

Así pude desprenderme

de lo material

y de la ortiga

que desasosiega la carne.

 

Obedecí a la pobreza

y al ayuno.

 

La palabra fue la conciliación

de aquel tránsito vacío,

exasperado

por llenar sus cavidades

con la luz

de las cuatro virtudes cardinales:

prudencia,

justicia,

fortaleza

y templanza.

Exhumé lo esencial,

entendí

que mis esquinas 

solo Dios puede contarlas,

que en la tierra se quedarán

los pedazos de mi piel,

desde siempre mancillada

por el péndulo roñoso,

oscilación

obstinada y majadera

que no logró mutilar

el resplandor

de mi destino

implacable.

 

LUCÍA ALFARO
(COSTA RICA)
ÉXODO

 A Eunice Odio.

Esa niña que siempre me habita.

 

Niña de trapo y miedo,

aterrada en tu cuarto menguante

sobre un charco de plomo y de letargo

todavía respiras.

 

Las paredes cobardes

atropellan tus ojos.

El pulso vaga solo

y te araña las sienes

en un éxodo exánime

sin reptiles de luz,

sin Dios,

sin golondrinas.

 

Niña de trapo y lágrima,

escalando los hilos del insomnio

oyes caer las sombras

con sus grillos de muerte

en cada esquina,

en cada aguja estática

en cada hora maldita.

Y la máscara agoniza

aterrada  entre culpas.

Jaula sola desde todos los siempres:

nada  cabe en tus  alas

tristes y desguazadas,

solo la contracción,

la guerra de latidos

que encadenan el dolor de la vivir

a ese pozo que dejan

los pájaros suicidas.

Niña de trapo y sangre,

trémula,

desterrada…

ÁNGELA GENTILE
(ARGENTINA)

EUNICE, LA DESTINADA

                                               A Javier Alvarado, alto poeta panameño

 

 Al Guanacaste legamos la etimología de tu nombre:

                                                                   aquella que alcanzó la victoria.

Celebraremos a los místicos que han jurado protegerte en todo atardecer,

bajo las constelaciones que te hicieron sobrevivir cerca de la Belleza;

porque tú eres lo bello que madura en la cordillera,

eres la niña que extendía el brocal de las lluvias

cuando los mirlos cantaban  en la sombra de la luz, en la epopeya de las lámparas.

Nos resta la noche, Eunice, la cual poblaste con el laurel carcomido por los insectos

 y las lágrimas sobre los tejidos y las orquídeas sanguíneas en los músculos.

─ ¿Fue ella la vehemencia del Cantar de los Cantares? ─Se preguntarán los pueblos sin

obituarios.

Y llegará tu voz de auriga:

Caminemos. / Entremos / a no salir jamás: / a cumplir con nuestra obligación de latir, / de sollozar, / de morir / en la sola compañía / del último de nuestros huesos / que oyó llamar a la Tierra.

Sea entonces, nuestro,

este su euniciano

tránsito del fuego.

 

PAURA RODRÍGUEZ LEYTÓN
(BOLIVÍA)

Diáspora de trinos

Y tu voz
un manojo de lámparas.
 Eunice Odio

En diáspora de trinos

se hacen polvo los pasos,

el cuerpo anclado en el nombre

viaja en silencio,

ay de los días:

multitud de gritos.

 

La palabra hecha hueso

muerde el dolor,

sueña la cruz sangrada.

 

Lo puro nace al borde del alma,

se entregan al viento las semillas,

florecen tus luces.

 

VANESSA DROZ

(PUERTO RICO)

“APTA PARA EL ADIÓS A TODA HORA”

Porque no es lo posible lo seguro
sino lo que inseguro se doblega,
lo que hay que abrir y sojuzgar por dentro,
y es como polvo en cantidad de sombra.

Eunice Odio, “Proposiciones de Prometeo”

I

Me hablaste de la bañera,

de la porcelana de su razón,

de sus naufragios a flor de fuente,

del velamen de su agenda

y, en el olvido de los huertos,

se me quedó tu entera sombra.

Como un fantasma,

viajecida —como siempre—,

solidaria en los costados,

esgrimías las escamas que los cocodrilos

te prestaron para tus desplazamientos

y lamías sin adivinanza ese bajel

que te bajaría a más sombra.

 

II

De sombra, sí,

allí, inmersa en tu toilette de frío,

sonrosada de niñez mordida,

escapada de los licores de tu sien,

pensabas en tu madre anclada más abajo,

en la nublada ciudad sin fragor de asilo,

en las conversaciones que te deliraste.

Incluso alguna lágrima contribuyó al incendio

de algún amor pretendido.

Hasta que llegaron los gusanos

—como las palabras—

a devorarte en tu sarcófago esmaltado

—tan rendido a las ruinas de tu nombre—

y una podredumbre como de historia.

No llegaron a tiempo las tiras de lino para tu viaje.

No llegaron a tiempo las iras del lenguaje

para la belleza del tiempo ni el tiempo de tu belleza.

Apenas ahora, que eres humo de pronombres,

calavera centroamericana que busca océanos

como caballos para creer que de verdad transita,

hay un tumulto de oídos que quieren soñarte,

hay una fotografía, como si fuera un lugar,

con todos nosotros esperándote.

 

III

¡Ay, Eunice!

¡Eurídice sin rescate ni omoplatos traicionados!

Poeta apátrida pero global, háblame ahora,

loca de tierra y de jabón

que sojuzga las etimologías de la muerte,

háblame, te imploro,

de mujer a mujer,

de poeta a poeta,

de marginada a marginada,

de sabia a sabia,

de tus diez días sin luto,

de la copa en que navegas sin tus cirios,

sin tu pan de la venganza.

Cuando los milicianos de ninguna

parte ponen oído en tierra,

yo te escucharé con atención herida,

con la huida de mis manos sosteniendo mi frente,

mientras miro empecinada

el baño de esta habitación de hotel

del que han venido a arrancar de cuajo

una hermosa y antigua bañera de porcelana.

DENISSE ESPAÑOL

(REPÚBLICA DOMINICANA)

Una Piedra

Asomada al arrimo

con media flor y apenas

medio rostro,

Y con el vientre en que

tembló una piedra

Eunice odio

En el eco de mi archipiélago

tiembla una piedra

de un solo puño

su hechura

inundada de chispas

maciza y tatuada

en los torrentes del mundo

 

Piedra niña

extensa en tu fluido de auroras

creces con pulso tiempo

goteas tu nombre

al ritmo con que me hago invisible

ahora que el viento me viste con años

ahora

que solo gesto

rocas

 

Mermará un día el camino

me ungiré con el polvo

en el destino escrito hace tantos siglos

Yo

que fui un arroyo de risas

puente líquido

abriendo puertas hacia la vida

 

Cerrarán los días sus nubes

cegarán las lunas los ciclos de dolor

y este antro anciano

no tendrá ya

más medusas

para escupir

 

Entonces quedará mi piedra

sólida interpretación de mi ser

 

arribará a diario en contraluz

apenas absoluta

con la boca teñida de vientre

y conglomerada con el aleteo

de mi historia

 

 

CARMEN GONZÁLEZ HUGUET

(EL SALVADOR)

 

Para Eunice Odio,

a cien años de su nacimiento,

el 18 de octubre de 1919

 

Una mujer quiso habitar el fuego

y ardió con una llama inclaudicable.

Hoy la memoria guarda, interminable,

su tránsito lejano y andariego.

 

Fue por la vida andando sin sosiego

como quien sigue un canto inagotable,

y la vida le dio el impenetrable

destino del aeda: audaz y ciego,

 

abrir nuevas fronteras para el canto

con la sustancia de sus propias venas,

con el amargo don de su quebranto.

 

No la cegaron voces de sirenas,

y si su propia cuerda pudo tanto,

fue porque la trenzó con sus cadenas.

 

Antiguo Cuscatlán, 19 de agosto de 2019.

 

 

 

 

 

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