Oración por Ernesto Cardenal. Homenaje del panameño Javier Alvarado

      ORACIÓN POR ERNESTO CARDENAL

Por Javier Alvarado

Señor, Tú que ya recibiste a Marilyn Monroe,
A aquella actriz y a aquella empleadita de tienda que fue maga en el technicolor,
Que escuchaste los versos de aquel sacerdote trapense por su alma ya alejada de los reflectores,
Que pudiste ver su intención de que llegara al cielo con su vestido blanco
Y con la poesía que puede convocar a la redención de las rubias,
A ninguna mendicación por la piedra y por el mármol,
Por el último lápiz labial que quedó sobre la mesita de noche y que, por aquellos versos, te fijaste en el detalle del teléfono descolgado,
Tú que innumerables veces recibiste aquella súplica desde la voz de Ernesto y desde sus lectores
Recibe ahora a este clérigo que reescribió los Salmos
Desde su Revolución, que, como el rey David, contempló el mundo en su discordancia y en sus afanes,
Que se dejó crecer la barba y el cabello para enraizar las hondonadas del otoño,
Una caña de guanacaste para apoyarse entre los pedregales y la sombra,
Entre los guerrilleros que cayeron muertos y se siguen cayendo con civiles y estudiantes en un coro de espesa sangre.
   Vendrá una nueva ceremonia con sus odres y sus frutas,
Con su vino consagrado y las ansias de que su patria fuese libre
Y que ahora aguarda su lugar en la tormenta, en sus vientos frenéticos
Y en sus relámpagos que extienden sus brazos por los ríos y por el mar
Y que anega la barca desde donde predicarás por el archipiélago,
Bautizando el esfuerzo de los que se dejan calar por su patria y sin rendirse. Creemos en Dios y en lo que hombro a hombro se nos viene:
Esa fiebre por ver el cielo nuevo y despejado.   Eran como las pláticas que no tuve, esa demarcación del texto en el exteriorismo,
Aguardando como la samaritana la revelación en el pozo;
Las imágenes que van y vienen bifurcándose en el hotel o en la sombra del gran lago Cuando veíamos la isla de Ometepe en aquellos sueños,
Donde los volcanes rielaban
Y la noche parecía extraviarse en la boca del güegüense
Y así vestido de albas nunca extintas, oficiabas los recitales como una celebración dominical Y era el nuevo evangelio aquí en la tierra:
Porque al perderte, Ermesto, todos hemos perdido y nos parece remoto el tiempo de la Pascua;  
Los talleres de poesía te recordaban con tu boina negra donde se posaban los guardabarrancos  desde una cordillera
 Y la historia de tu país, más grande y más amplia como la boca del Masaya,
Sigue bramando y sigue succionando todo a su interior: el agua de Nicarao,
La cabellera de Isabel de Bobadilla, el gesto mercenario de William Walker
Y esa cruz de palo, monárquica, rebelada a la fe como tú que te pusiste el saco repleto de pitahayas,
Viniendo del río San Juan, desde la finca de Coronel Urtecho
Y la luna y el coyote vengan con Pablo Antonio Cuadra a moldear la arcilla
otra vez los ojos de una muchacha se replieguen como astros en las rimas de Ernesto Mejía Sánchez,
Porque todos nos unimos con Joaquín Pasos en el Canto de Guerra de las cosas
Y con Ana Ilce Gómez en su barricada, allá en Masaya,
Y decimos Sobrevivo
Como Claribel Alegría y Carlos Martínez Rivas seguirá con su puesta en el sepulcro del amor resucitándolo cada tres días
Porque estamos con Leonel Rugama, todos, en una trinchera, cumpliendo años,
Contemplando las tres décadas sin tus santos oficios,
Arrodillado ante Juan Pablo II escuchando las amonestaciones,
Caminando con tus sandalias de pescador y renovando tu Iglesia
Y aguardando todos que levantaras el cáliz lleno de hostias o las manos llenas de poemas en tu Solentiname,
En esta misa campesina ya fundada, ya cantada, ya luchada y por luchar,  Oficiando esta eterna misa por tu América,
por tu Nicaragua,  
por tu gente.  
Señor, tú que también puedes valorar literariamente y humanamente las obras, recíbelo.
En estos tiempos de otras revoluciones y de coronavirus.
A ti, que siempre te llamó para interceder por actrices y por su pueblo. Contéstale ahora, tú, el teléfono.


Ernesto Cardenal. Fotografía de Manuel Esquivel.

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