La mujer de Lot

Volubilis. H: 87 cm, L: 49 cm, P : 23 cm. 2016. Bronce. Patine: Sombra. Autrora Nella Buscot.

Por: Manuel Vicente Henríquez B.

¿Dónde me ocultaré
cuando el bíblico ojo divino
se pose sobre mí
como se posó sobre Isaac?
“Noche”.

Wislawa Szymborska

En aquellos tiempos, Lot y su familia vivían en Sodoma y aunque en la ciudad reinaba la maldad, ellos llevaban una buena vida ante los ojos de Dios. Y Lot amaba a su mujer, quien le había dado a dos hijas que estimaba mucho. Lot y su familia vivían felices.

Pero Dios decidió destruir Sodoma y Gomorra.

Luego de que los ángeles enviados por Dios le avisaron a Lot que debía abandonar la ciudad con su familia comenzaron sus problemas. La mujer de Lot estaba muy dolida porque cuando los habitantes de Sodoma y Gomorra quisieron estar con los ángeles, Lot no estuvo de acuerdo. A cambio, les ofreció a sus dos hijas, que no habían conocido varón alguno, para que no tocaran a los ángeles. Afortunadamente para las hijas de Lot eso no ocurrió. Además de eso, la mujer de Lot no quería irse de Sodoma, estaba muy a gusto ahí. La tierra era fértil y el clima agradable. Tenía buenas amistades y pensaba que, a estas alturas de su vida, venir a cambiar de ciudad iba a ser algo sumamente difícil. Todo esto generó acres discusiones entre los esposos, que solo terminaron por la premura del tiempo. La destrucción estaba cerca.

La verdad sea dicha, Lot también pensaba lo mismo. Se vivía bien en Sodoma, a pesar de la maldad que había en la ciudad. Él había logrado establecerse y desarrollarse. Es cierto que la gente lo miraba recelosa por ser extranjero, pero se había ganado el respeto de propios y extraños por su buen proceder. Además, sus hijas ya estaban comprometidas y sus yernos, como cosa rara por esos lugares, eran decentes y tenían buenas intenciones para con las muchachas, lo que le auguraba, a toda la familia, un futuro promisorio.

Todo esto pensaba Lot y de cierta manera le daba la razón a su mujer, a quien amaba profundamente. Pero, ¿cómo le decía todo esto a Dios? ¿Cómo le explicaba cuán difícil era a su edad iniciar una nueva vida en otro lado? Empezar de cero y ya viejo. Realmente quería decirle a Dios todas las dudas que lo asaltaban, pero de inmediato pensó que la ira del Señor era infinita y que todo aquel que le desobedecía perecía. ¿No era esto sino lo que les sucedería a las ciudades que estaba a punto de destruir? Tuvo miedo. Así que, contra su voluntad y la de su esposa, decidió que dejarían Sodoma. Cumplir la voluntad de Dios era una carga demasiado pesada.

A la mañana siguiente, Lot y su familia salieron de prisa hacia las montañas. Era una apacible mañana de verano, con una brisa que recorría los prados y una tranquilidad que no presagiaba nada de lo que estaba por acontecer. Precisamente por eso la mujer de Lot le reclamó nuevamente por haberla sacado de un lugar donde vivían tan bien; y, por lo que se veía, la famosa destrucción de Sodoma y Gomorra no se llevaría a cabo. Lot hacía como que no la escuchaba, solo le decía que caminara sin voltear atrás.

Siguieron caminando y a medida pasaba el tiempo y no sucedía nada, las dudas volvieron a asaltar a Lot. Sin decirle nada a su mujer, se preguntó si los ángeles no les habrían tomado el pelo. Se comenzó a sentir mal pues sin más certezas que lo que dos ángeles desconocidos le dijeron, había sacado a toda su familia de Sodoma, de su vida. En el preciso momento en que comenzaba a arrepentirse de su decisión un estruendo ensordecedor se escuchó en el cielo. El temor hizo presa fácil de ellos y vieron temblorosos hacia el cielo. Seguidamente comenzaron a caer de la bóveda celeste borbotones de azufre y gigantescas lenguas de fuego dirigidas directamente a las ciudades que dejaban atrás. Apretaron el paso, mientras, a lo lejos, se oían los gritos desesperados de los habitantes de Sodoma y Gomorra.

La mujer de Lot caminaba y lloraba al recordar todo lo que dejaba. Lloraba por sus amistades, por los hijos de sus amigas, por todo lo que estaba por perecer. Y en un impulso incontrolable, miró hacia atrás; de inmediato se convirtió en una estatua de sal. Un “¡Nooo!” desgarrado salió de la garganta de Lot al ver que su mujer había volteado. En esos segundos su vida al lado de su mujer pasó frente a sus ojos: el día en que la conoció y quedó perdido en sus hermosos ojos, la fiesta de su boda en que ella lucía como la más bella criatura de la Tierra, el amor que siempre le prodigó, el nacimiento de sus hermosas hijas, todos los momentos en que ella lo ayudó a salir adelante, y con el corazón desbocado por el miedo y el dolor no pudo pensar más, olvidó por completo la orden de Dios, volteó hacia su mujer y la vio hecha un pilar de sal y las ciudades destruidas. En ese momento, desde su corazón, sus sentimientos y su vida entera quedaron convertidos en una enorme y dura columna de sal.

Es que Lot amaba a su mujer.

Volubilis. H: 87 cm, L: 49 cm, P : 23 cm. 2016. Bronce. Patine: Sombra. Autrora Nella Buscot.

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Por: Manuel Vicente Henríquez B.

  Ella que nunca había deseado otra cosa que ser la mujer de  un hombre.
Clarice Lispector

La mujer se miró frente al espejo. Vio cómo su cuerpo envejecía un año más. Afuera, la gente comenzaba a llegar. La música sonaba fuerte y los olores de la comida se esparcían por el aire. Hoy celebraba un nuevo cumpleaños. Era su cumpleaños número cuarenta y cinco. Y para tener esa edad se podría decir que estaba bien: tenía un excelente trabajo, estaba casada con un esposo afectuoso, que la complacía en todo, gozaba de buena salud y, si no fuera por la canas que ya platinaban su cabello, nadie diría que estaba cumpliendo cuarenta y cinco años.

Sin embargo, a pesar de su aparente felicidad, había un problema: No tenía hijos. El que a su edad no fuera madre aún era un misterio para toda su familia y sus amistades. Aunque a estas alturas ya no era tan misterio. “La pobre no puede quedar embarazada”. “Ha de ser duro ser infértil”. “Pobre hombre, venirle a tocar una mujer así”. “Teniendo todo lo que tienen y ella no le puede dar un hijo”. Le había tocado soportar todos esos comentarios durante los últimos años de parte de sus padres y demás familiares. La madre había sido especialmente dura con ella. Mientras se miraba al espejo, recordó una conversación con ella.

―¿Qué estaré pagando yo, Dios mío ―dijo la madre con tono lastimero―.  Imaginate que no me vas a dar un nieto.

―Hay, mamá ―respondió con fastidio―, ya vas a comenzar.

―Pues sí, como no sos vos. Me voy a morir y no voy a conocer nietos. Mirá la Amparo, ya es abuela de cuatro niños y la Julia ya tiene 2 nietos. ¿Y yo? ¿Cuántos? ¡Ni uno!

Y estaba en lo cierto, pues luego de la muerte de su hijo, sucedida en un accidente hace unos años, en una tarde lluviosa de junio, solo le quedaba su hija.

De eso se acordaba mientras se veía frente al espejo, mientras recorría con sus ojos toda la forma de su cuerpo, grácil, delgado y delicado. ¿Cómo se vería embarazada? ¿Cómo se pondría su cuerpo? ¿Qué tal le quedaría una hermosa pancita? ¿Le seguiría gustando a su esposo? ¿Sería un embarazo de riesgo? ¡Ya eran cuarenta y cinco años! Recordó a Lucrecia, quien era madre de tres lindas niñas, pero que ya había perdido un bebé a los ocho meses de gestación y luego todos sus embarazos habían sido de alto riesgo. Y eso que ella estaba joven.

La música sonaba con más fuerza, llegaban más invitados, los gritos y risas de los niños sonaban con intensidad. Ella seguía frente al espejo, contemplándose. Al verse de cuerpo entero, no se explicaba cómo Andrés, su esposo, había aguantado estar con ella ya por 12 años. Recordó cómo en el quinto año de matrimonio decidieron que ya era el tiempo de tener familia y pasados años de esa decisión, no podía quedar encinta. Fueron momentos difíciles para ambos, aunque más para ella, al saber que todas sus amigas habían quedado embarazadas menos ella. Le situación se tornó más complicada ante la evidente molestia de Andrés, al no poder su mujer darle un hijo. Él era hijo único y siempre había deseado tener una familia numerosa y ahora su esposa ni siquiera le podía dar uno.

Pasados los meses y al mirar que no lograba el embarazo tan deseado, le dijo a Andrés si no buscaban ayuda médica; él dudó al inicio, pero después aceptó. Si querían ser padres debían hacer lo que estuviera a su alcance para lograrlo.

―Existen graves problemas de infertilidad ―dijo el doctor a la pareja.

―Pero, ¿se puede hacer algo, doctor? ―preguntó la mujer.

―Sí. Habría que hacer un tratamiento que será un tanto difícil y costoso. Además no puedo asegurarles que se logre el objetivo.

La pareja se miró fijamente a los ojos, en ellos se reflejaba todo el deseo de ser padres; decidieron que se someterían al tratamiento.

Los siguientes fueron duros meses en que ella se sometió a exámenes, tomó medicamentos y llevó un control en su vida que resultaba desesperante, todo por lograr la maternidad. En una ocasión que fueron a tomarse una prueba de embarazo, pues ya tenía unos días de retraso, ella abrigaba la esperanza de que la preñez hubiera llegado. Se sentía culpable y poca mujer por no poder darle un hijo a su esposo. El examen salió negativo. No había embarazo. Eso la hundió en el más profundo pesimismo al pensar que nunca sería mamá.

¿Hace cuánto ya de aquellos días? ¿Tres? ¿Cuatro años? No lo recordaba con exactitud. En eso pensaba mientras se veía al espejo. Mientras se maquillaba y veía que a sus cuarenta y cinco años de edad aún era bella. Pensaba que a pesar de los años era una mujer atractiva, interesante y que tenía el favor de su esposo, a pesar de…

La fiesta estaba lista. La gente, impaciente, esperaba a la cumpleañera. El esposo llegó y toco la puerta para decirle que todos estaban esperándola. Le dijo que le permitiera unos momentos, que ya estaba por salir.

Terminó de arreglarse y no creía que estaba cumpliendo esa edad. De pronto, sintió que el mundo se le venía encima. Cuarenta y cinco años y no se sentía una mujer completa. Hubiera dado de buena gana todo cuanto tenía por un hijo. Ahora que saliera a su celebración, ¿qué pensarían? ¿Qué dirían al saberla incapaz de ser madre? ¿Acaso alguien diría que no sirvió como mujer, a causa del hijo que nunca tuvo? Era muy probable. Pero, ¿cómo decirles a ellos la realidad? ¿Cómo decirles que a pesar de sus años, ella estaba perfectamente bien? ¿Qué dirían si supieran que quien no podía engendrar era su marido? Pero que por el amor que le profesaba, había accedido a ser ella la que sufriera todo el menosprecio y el escarnio. Nunca lo sabría.

Se puso perfume en sus muñecas, se vio por última vez frente al espejo, abrió la puerta y fue al encuentro de sus invitados, que al unísono la recibieron con un: ¡¡Felicidades!!

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