Fuera de juego

Una breve semblanza de Xavier Espinosa, el actor y director de teatro fallecido recientemente. Su partida deja un enorme vacío en el arte escénico nacional

Por Javier Amor

Un libro con el mismo título de esta reflexión le costó al poeta Heberto Padilla su dignidad y a Cuba el descrédito en 1971.

Xavier Espinosa (sic) fue el primer nicaragüense que conocí. En 1984 yo me ocupaba de los asuntos culturales de la embajada de España y él llegó en busca de una beca. Tardaríamos añales en platicar de nuevo pues la beca se la dieron los rusos y él regresó con una flamante licenciatura en teatro mientras que yo me desempeñaría el resto de mis días como cómico amateur. Él preparado y yo empírico, compartimos siempre un destino común: ninguno sacó un centavo de las tablas.

Gracias al hermanamiento Altamira – La Centroamérica, reiniciamos nuestra relación cuando regresé a vivir a mi segunda patria a principios de 2010, asistiendo juntos a funciones y otros actos culturales.

No nos parecíamos en nada. Él era serio y reflexivo y yo una cabra loca que hablaba por los codos. Cuando íbamos en la ruta 64 a nadar a las Barracudas, yo agarraba la guitarra y él debía sentir un gran alivio cuando nos metíamos al agua. Plácido relax y al regreso, más de lo mismo.

Él contaba con una carrera teatral bastante digna; digamos todo lo digna que pueda ser para un actor en este país, que mira el teatro con la punta del pie. Había estado de chavalo en el Teatro de Cámara de Managua de Alberdi y luego de egresarse de la Lunacharsky, entró en la Comedia Nacional de doña Socorro, el INATEC de nuestro teatro (teoría y práctica del oficio).

Cuando fuimos pasando de colegas a amigos él, siempre tan reservado, me contó sus penalidades como profesor de la Escuela Nacional de Teatro. No tanto por el salario exiguo sino por la falta de medios materiales: él tenía que comprar los libros para dar clase porque el INC, pariente pobre en cualquier gobierno, no tenía fondos. Yo mismo le traje en alguna ocasión libros técnicos de España, que él insistió en pagarme religiosamente. Por ese motivo y otros de tipo más personal siempre parecía dolido y decepcionado.

Otro de los profesores de aquella Escuela precaria era Luis Harold Agurto, que creo tenía contrato como chofer, o algo así. Xavier me lo presentó e hicimos click de inmediato. Aparentemente era lo contrario de Espinoza: exultante y prolífico, pero con una vena bipolar tenazmente autodestructiva que le ayudó a ser el dramaturgo por excelencia de su generación. Dos personalidades opuestas y complementarias, que dejan en mí una huella imborrable. Los he querido mucho a los dos y su pérdida prematura me duele en el alma.

El teatro nicaragüense le debía una satisfacción, antes de que el tedio se lo tragase definitivamente.  Xavier se sentía fuera de sitio, fuera de juego, y es entonces que Salvador Espinoza, subdirector del Teatro Nacional, le ofreció la dirección de una obra mía. Incorporarse a una producción teatral con un equipo de lujo, timoneado por el propio Salvador, supuso para él un nuevo incentivo, esa alegría que había sido con él tan esquiva.

En Nicaragua los oasis siempre son lo que deben ser: un paréntesis en el desierto calcinado. Se representó la obra varias veces, pero aquella gira nacional a la que el productor y sobre todo él aspiraban, nunca se materializó.

Regresó a la Escuela de sus dolores y empezó a acariciar la idea de la jubilación. Entre tanto, me pidió que le tradujese y adaptase una obra con la que siempre había soñado, “The dresser”. Se daba la feliz coincidencia de que yo recordaba la película homónima, protagonizada nada menos que por Sir Albert Finney y Sir Tom Courtenay, así que la traducción y la adaptación (de 10 intérpretes a 3) fue un verdadero placer para mí. El elenco lo formaban los actores: René Moya, Julio Figueroa y el propio Xavier.

Volví a verlo ilusionado interpretando a Sir, el viejo actor despótico.

En los ensayos estábamos cuando estalló Abril. Un parteaguas en la nación y un golpe de gracia al teatro, como si no tuviésemos suficientes dificultades.

Ahora Xavier se nos fue y con él, una parte importante de la historia teatral de este país.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Luis Adolfo Ortiz Espinoza dice:

    Es muy satisfactorio leer el cariño y admiración de muchos hacia mi tío. Gracias por esas palabras, muy emotivas que llenan de orgullo el corazón de los que alcanzamos tener momentos amenos con él.

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