Carlos Perezalonso: “¿A quién encontraré en mi sueño?”

Muestra poética del escritor nicaragüense Carlos Perezalonso recientemente fallecido

Paréntesis

Pesados trenes,
su desesperado aullido de monstruo solitario
en la noche.

Así pasan mis días,
hacia estaciones de sueños
que solo en mi pelada vigilia existen.

Un rencoroso Dios me observa,
atento y divertido
con discretas satisfacciones me tienta.

Un león soñoliento,
rodeado de moscas
soy.

Los escritores Carlos Perezalonso y Erwin Silva.

Cegua de la noche

The nigt-mareand nine foals
W. Shakespeare

Le cheval noir de la nuit
Victor Hugo

La Cegua de la noche agita sus  crines de cabuya
azota mi rostro con su cola
que me sobresalta y me despierta.

Ven, me dice una parte de mí, regresa
a este regazo de plumas,
a este vuelo hacia abajo,
a este orgasmo de sombras.

¿A quién encontraré en mi sueño?
¿Podré volver a ver tu rostro,
tocar las suaves y cálidas manos de mi madre?

Toda nostalgia es un fraude de la memoria
y el sueño el más antiguo de los engaños.

O, talvez, sí sea cierto que los sueños son fisuras
en el laberinto,
por donde, si te fijas bien,
puedes ver sollozar al minotauro. No sé.
Tengo miedo del horror impreciso de la pesadilla.
Miedo a ese miedo total y antiguo.

¿Miedo al que soy?

No sé. Por eso,
fiel a mi pecado, me aferro a esta vigilia
de luz neón,
con su luna de espejo, con su música de ruedas
y motores,
y sus gritos mejor que los gallos cantando a la aurora.

Pero con la cierta sospecha, cada vez más grande,
de que esto sea la pesadilla.

Estadística negra

40, 000 niños mueren diariamente
en el mundo, según las estadísticas.

Pero yo no quiero, hijo, que tu muerte
las incremente:

Cómo podrás tú,
el de la risa más amplia que conocí,
el de agudo y sorprendente ingenio
que asombraba a los estructurados adultos,
cómo tú, el que acostumbraba hablar solo,
(pero no estabas solo)
el que dijo en broma
“Ya me voy y no vuelvo”
y se fue en serio;
el que en las noches amplísimas de
Nicaragua
abría enormes los negrísimos ojos
“para mirar más estrellas”.

Pero ahora formas parte de ese oscuro
y doloroso tropel
donde se borran los nombres.

Yo no quiero que vivas en la fría exactitud
de un número,

ni en la parpadeante memoria
de las computadoras
sino en mí,
pues fuiste único y vivo,
un ángel real
que derribó la sombra.

¡Huye, hijo, de la gráfica ascendente,
esquiva la curva que se amplia,
capea el cálculo, la matriz de insumo,
la enésima potencia!

No vamos a confundir los números,
te juro,
en la sumatoria mortal
del tiempo y el olvido.

El poeta Castrorrivas

Catrorrivas tiene su casa
en un gran árbol,
donde hace gajos del oficio.

Llega al banquete
con dos sartas de chorrizo
en bandolera,
por si acaso.

No bebe.
Escucha con atención y regocijo
los epigramas y los cuentos
y la verborrea de la alegre y beoda
poetería.

En sus pequeños y acerados ojos
se ve venir el poema.

De repente,
desaparece de la reunión.

Nadie sabe a qué silencio se retira.

El gorrión

Carlos Perezalonso

La música comenzó a sonar a eso de la una y media de la mañana. Lo sé porque a esa hora se despertó mi hijo y comenzó a llorar. Entonces fue que la oí. Primero lejana como si fuera un radio encendido en alguna de las casas de la vecindad. Después la sentí más próxima como si en realidad fuera ahí no más pegado a la ventana: un radio con el volumen puesto de tal forma que apenas se oía la música, y sin embargo tan claro, tan nítido el sonido. Y cada vez lo sentía más cerca el radio aquel. Yo pensé: este jodido va a terminar despertando a mi mujer. Pero lo pensé sin enojo. Sólo lo pensé. Sin concebir siquiera la idea de ir a la ventana y decirle a quien fuera que se quitara de la ventana porque no nos dejaba dormir o cualquier otra cosa. Pero no. El niño se volvió a dormir y yo encontraba agradable la musiquita aquella, así que me quedé oyéndola con atención. Debo confesar que temía que de pronto mi mujer despertara gritando ¡Apaga ese radio!, sobre todo ahora que ya no estaba seguro de que la música fuera al pie de la ventana sino que la oía en el cuarto mismo. Así estuve un rato hasta que al ver que ni mi mujer ni los vecinos se despertaban me fui tranquilizando. Tal vez –pensé– una música tan suave no lograría despertarlos y si yo la oía era, precisamente, porque estaba despierto. ¡Pero esa música me había despertado! Yo también había estado dormido, profundamente dormido como ellos y con todo me había despertado. ¿Por qué los otros no la escuchaban? ¿Por qué sólo yo padecía –y gozaba– la música aquella?

Y la música subía y bajaba discretamente, dócilmente del techo a la pared y de la pared al suelo. Ahora estaba debajo de la cama. Ahora arrimada blandamente junto a mi mujer. En la cuna junto al niño, arrullándolo. En la esquina del cuarto agazapada como un gato, para después soltarse doméstica y felina hasta mis pies, entre las sábanas.

Ya no me preocupaba saber de dónde vendría esa música y sólo la gozaba. La veía ir y venir por todo el cuarto. Casi la podía coger con las manos. Me sentía abandonado en aquel tranquilo ondular de notas. Esta música no se parecía a ninguna otra que yo hubiera escuchado, y era sin embargo tan familiar…
Acomodé las almohadas para que sirvieran de respaldo y me senté en la casa tratando de no hacer ruido para gozar mejor de aquella melodía. Entonces fue que me di cuenta.

La música ya no tenía la continuidad que tenía al comienzo. Ya no era tan fluida sino como que se entrecortaba. No. No desagradable. Parecía un disco en el que quitan y ponen la aguja, pero no desagradable. Al contrario, como que se condensaba la musiquita. Como en un párrafo una palabra clave que lo explica todo. A medida que se diferenciaban los trozos de música y yo comprendía mejor lo que querían decir. Cuatro o cinco notas diciéndome lo mismo que todo un concierto, sin necesitar de los otros movimientos. Una clave morse. Una fórmula algebraica en la que la respuesta está en los mismos supuestos. Una afirmación. Y cada vez más cerca, rodeándome. Y cada vez más condensada, de tal forma que ahora parecía más bien un gorgeo.

Los rayos del sol empezaban a clarear el cuarto y yo sentía la música aquella acomodándose como un animalillo silvestre domesticado, dentro de mí. Y ahora si estaba seguro de que nadie, sólo yo, la escuchaba.
Cuando mi mujer se volvió soñolienta en la cama para despertarme, ya estaba yo en el alambre espulgándome las alas, disponiéndome a volar junto a los otros gorriones.

(De El guerrillero y otros cuentos, ganador del Premio “Mariano Fiallos Gil” de cuentos).

Carlos Perezalonso. Nació en León, Nicaragua el 16 de junio de 1943 y murió en la misma ciudad el 20 de agosto del 2020. Abogado, poeta y narrador.

Es autor de las publicaciones: “Nosotros Tres” (1959, posteriormente apareció con el título de, “Variaciones del estupor”), “El otro rostro» (1966); “Vida, el sol” (1976). En 1978, “El guerrillero y otras historias” recibió el Premio de Cuento “Mariano Fiallos”.

“Cegua de la noche” (1990); “Orígenes y exilios” (2002), “Estancias y otras consignaciones” (2006); “Ocaso del tránsito” (2009); “A mano limpia” (2013), “El jardín de la cuchilla” (2014).

En el 2010, su cuento: “El duende del bosque de la memoria”, fue ganador del Premio Único del VI Concurso Nacional de Literatura Infantil, Libros para Niños y Niñas.  Su último libro: “Cancionero del tiempo” (Editorial Tesoro, León 2019). 

Colaboración fotográfica de Arnulfo Agüero.

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