Carlos Calero: “A propósito del invierno”

Condición de borrachos callejeros

Entre
estos borrachos
un día estuvo mi padre.
El inglés Philip Larkin les preguntaría
por qué no lloran.
Han pasado el tiempo en un buzón de nostalgias
y hunden sus uñas negras sobre la tierra.
Cuando me miran las paredes se mueven.
Ninguno sabe dónde ir,
algo los condena a quedarse:
Un desgarro amoroso de caídas,
la mujer ajena que los quemaba,
El odio perenne de los hijos perturbados
o estar durante un siglo bajo el látigo del deseo,
Los vicios y la lujuria
o el desfalco de su existencia
que los ha hecho despreciables,
o el peso oscuro de lo pobre.
Estos borrachos se exaltan
como domadores olvidados
en una celda con tigres aruñándolos,
sin esperanzas,
insulsos,
malolientes a caña y tabaco agrio;
algunos, en harapos y repugnantes,
persisten en su destino y las blasfemias.
No los atormentan los viajes espaciales,
de que si en verdad llegaron los gringos a la luna,
ni la sangre del mundo en Kosovo.
Son como piedras y algo de musgo,
apilonados,
con grietas en cada ojo,
semejantes a cruces rústicas en los camposantos.
Philip Larkin, sin ofenderlos, les diría: “viejos tontos”.

A propósito del invierno

Gansos,
gatos con sombrillas en la tormenta.
Las metáforas no acostumbran gabán durante la noche.
La poesía gira las llaves de las criptas
y sótanos para despertar a los amantes.
Un caballo y su fatiga dejan sin agua los recuerdos.
Hay canciones de tabernas, oropéndolas
predestinadas a derrotar la nostalgia.
La muerte no engaña a la muerte, se le dijo a un poeta
quien, desde su infancia,
prometió cabalgar entre ejércitos de gansos
y un gato que celebra los relámpagos.

Defensiva

En
las migraciones literarias
Kavafis recorre una ciudad de paja y piedras
que se lanzan contra sus dioses.
Tabernas, deidades descabezadas
por la desconfianza del sexo a escondidas.
Abandona su sol, por un momento,
o el muro ciego del Mediterráneo.
Kavafis deja una tripulación de desamores
en los barcos y rostros desconocidos,
a pesar de no moverse, desde su silencio.
Y la patria poética lo atormenta en las tabernas.
Recuerdos y el paisaje en huida
son la gloria que viene a menos,
durante una taza de leche o el vino,
una cabellera de diosa oculta y sin ojos.
Alguien rompe tu puerta
y grita, por qué no conocés a Kavafis.
Debés responder: ¿El extranjero que salve su vida,
que renuncie a la nostalgia y a sus amantes?
Kavafis, reposado, habla con su memoria,
entre callejuelas secretas
y la taza de café agrio frente al exilio.
Un tabernero, oscuro y perverso,
limpia sus bigotes anchos
y masca con burlas su odio homófobo:
Una diosa dice que su boca ya no escupe
a este poeta, en nada, advenedizo y amoral,
y relata la gloria de un poema
durante el amanecer, en otro país sin recuerdos.
Y Kavafis, en las bolsas, guarda una onza de sal
para cuando no sufran distancias sus ojos.

Deudas

El
silencio de una mujer
no se discute,
se teme.
La palabra de una mujer
no se calla,
se anuncia.
El deseo de una mujer
no se posterga,
se impone.
La ternura de una mujer
no se debate,
se interna.
La belleza de una mujer
no se mata,
se salva,
resucita.
La espera de una mujer
no se pospone,
se conquista.
La pasión de una mujer
no se agota,
se incendia,
se habita,
porque nunca será ceniza.

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