Alfonso Kijadurías: “Toda patria es tu patria”

Poesía del escritor salvadoreño Alfonso Kijadurías

Alfonso Kijadurías. Fotografía de Moisés Matute

Los bebedores de café

Para el próximo mes habremos engordado hasta decir ya no
caminaremos como cerdos acostumbrados a la siesta,
al casi descanso eterno;
por algo nos criaron celestes,
con el permiso de cometer toda clase de pestilencias.
Este año,
como todos, nos quedamos en casa contemplando el jardín,
meditando
sobre la muerte y el origen del ser. Por la misma época en que subían
las montañas, hasta quedar cagados como niños de pecho, otros muchachos,
que no eran de ninguna manera razonables,
por otro lado, gente que no cruzó los brazos, ni jugó al líder.
Hubo quien se creyó la bragueta de Panurgo, hubo
quien empezando de marxismo
le dio el tiro de gracia. Hubo.
Hoy se aprende afuera de casa, lejos del old spice:

En cualquier lugar donde nos sorprenda
la muerte bienvenida sea

Nosotros los bebedores de café, guardamos tu ejemplo
para alimento de nuestra polilla,
acobardados,
gordísimos,
sin poder levantar el pie derecho, perfumados, grandes provocadores
de una guerra pacífica,
en este país de EL PERDEDOR,
al año del sacrificarse en la pirámide funeral.


Sobre cenizas

Caen del cielo copos negros de ceniza nieve negra
                    cenizas del cañaveral
el cielo es negro negra también la tierra
Oscuros son los dioses del desastre
No cesa la ceniza de caer plumas de lucifer Ave fatal y
                    fatídica
sobre muebles colchas cortinas el espejo y los
                     libros
en el cuaderno mismo
invadiendo lo blanco y lo negro: tablero de ajedrez
su negrura de muerte su evasiva respuesta a la muerte del tiempo
el polvillo dorado de alfileres penetra cada poro e introduce
                    su amargura azucarada
su miel de oscuro vidrio resquebrajado en el crepúsculo
Sobre cenizas escribo entre cenizas buscando en el rescoldo
                    de la página manchada
una sola palabra que al soplarla irradie su esplendor.

Afuera

Afuera el río arrastra las corrientes del tiempo:
          hojas, flores y animales muertos.
En su rumor despierto. Lejos escucho los gritos de la gente,
aquellos que discuten de finanzas; aquellos que van
de un pasillo a otro pasillo
          señalando el gran día que nunca llegó.
No soy yo quien regresa, sino el otro,
aquel que en el Café se sentaba bajo un árbol a contemplar las
          gentes,
mientras sus manos desparramaban migajas sobre la mesa
para el decoro de las moscas pegadas en el vidrio
donde el tiempo reflejó su crisis. Una noticia alarmante.
          Un crimen que nadie esclareció.
Afuera el río -no me importa su nombre- sigue su curso furioso.
Toda patria es tu patria. Pasan las gentes, todo un río de rostros.
¿Qué haces a esta hora, sentado y conmovido en este viejo
          puente al mediodía?
Oyes voces antiguas diciéndote al oído: regresa.
A donde quiera que vayas es lo mismo.
Pero no seré yo quien regrese sino el otro.
Afuera corre el río, el mismo río, su nombre es diferente.
Seres que no conozco me saludan, mientras contemplo el domo
y trato de asir tu espacio: cuerpo de la memoria.

Me acuerdo de las lágrimas de un día


Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso,
me acuerdo del icaco y de las nubes color de hoja de caimito,
me acuerdo de aquella agua que bebía en el cuenco de viejas
                dulces manos.
Limoneros y jiotes, qué bella era mi madre limpiándome en la
          frente
la picadura del mosquito,
bella como la estrella de la mañana, alta y lánguida,
adornaba su pelo de mestiza con la flor del resedo
y un olor a ricino y a sombra de almendro en torno de sus ojos.
Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso,
          viejos rostros de antaño,
y de la vieja lora muerta en el poyetón después del terremoto,
de aquel tío delgado por el solo artificio de la mandolina.
Mi padre montaba un mulo de ojos de caimito y traía las  botas enfangadas,
lo acompañaban siempre ángeles despeinados
o bien hombres cuyos bostezos descifraban sus sueños en el 
          alcohol prendido del domingo.
Me acuerdo de aquel pozo,
y de aquellas mujeres cabeceando en un sueño oloroso a papaya.
…Dios bajaba entonces y dejaba sin llave su vieja eternidad
              olorosa a diluvio.
Mis hermanos ataban sus potros en la puerta
y la casa crecía bajo frondosos palos, más altos que el recuerdo.

Maleficio beneficio

Escribes que estás soñando y en el sueño te ves creando un
                                       esplendor que se escapa de tus manos;
hilaridad del buen juicio, maleficio, mientras sueñas escribes,
                                                         y mientras escribes sueñas
y en el sueño ves la selva y una mujer desnuda.
Escribes que estás soñando y en el sueño te miras.
Mentira es todo; ni escribes ni sueñas, ni hay selva ni mujer
                                                                               desnuda,
sino tan sólo un viejo, un viejo delirante
                                      que juega con el fuego como un niño.

Necesito a mi mamá, con edipiano amor,
sus desayunos humanísimos. La ingenua
libertad de ese niño en sus faldas
suspirando la culpa original. Aquel
domingo de misa, pan y sol y la
muchacha aquella burlándose de mi
amor tontísimo.
Necesito de Dios y su absurda existencia
para luego volverme materialista y
soñador.
Necesito de mi mal ponderada
familiaridad de padre, casarme una vez
más con la madre de mis hijos. Que me
digan lo pequeño que soy. Necesito de
veras volverme a ver en el espejo limpio
de la casa y cambiarme de ropa y salir a
esperar como un novio solemne a la
vida, esperándome. Necesito una vez más
que mi tata me pegue con los puños terribles de patriarca y que me
diga bruto, inútil, polvo de la noche
delirante y brutal.
Necesito que las gentes acudan a mi
paso. De veras necesito que me quieran.
Me besen todos los labios del mundo. Y
que me dejen, me dejen, por favor,
crecer un poco más con mi vejez de niño
atolondrado.

Control de la natalidad

Te dijo que me suben unas ganas de acostarme contigo;
          por eso me llego con Strindberg
hasta la tienda de la niña sofi, bebo algunas cervezas y
          me olvido de todo;
un hijo más acabaría con nosotros, te lo aseguro;
me quedo en la mesa de siempre pensando en el poema
          que escribiré o en el dinero
que hace falta.
Hoy vino un viejo pidió cerveza con jamón, me puso
          en la nariz un rollo de billetes
y terminó puteando comunistas.
Siempre ocurre lo mismo. Entonces ojeo mi Strindberg
y disimulo no mirar ni pensar nada o en nadie. Pago
          las cuatro o seis cervezas,
afuera hace una noche linda.
En casa me esperan los viejos libros, y tú entre las
          sábanas más dormida
que nunca. Un hijo más acabaría con nosotros, te lo
          aseguro.

Alfonso Quijada Urías (Quezaltepeque, 8 de diciembre de 1940), poeta y narrador salvadoreño. Firma su obra como Alfonso Kijadurías. Se le considera miembro de la Generación Comprometida.

Poesía

  • Poemas (San Salvador, 1967)
  • Sagradas escrituras (1969)
  • El otro infierno (1970)
  • Los estados sobrenaturales y otros poemas (San Salvador, 1971)
  • La esfera imaginaria (Vancouver, 1997)
  • Es cara musa (San Salvador, 1997)
  • Toda razón dispersa (San Salvador, 1998)
  • Fragmentos del azar (2011)
  • Todos los rumores del mundo (Editorial Flor de Barro, 2015)​

Narrativa

  • Cuentos (San Salvador, 1971)
  • La fama infame del famoso a(pá)trida (San Salvador, 1979)
  • Para mirarte mejor (Tegucigalpa, 1987)
  • Die Nacht hangabwärts (La noche cuesta abajo) en: Carlos Rincón (ed.): Erkundungen. 50 Erzähler aus Mittelamerika, Berlín (Verlag Volk und Welt) 1988, p. 29-35.
  • Lujuria tropical (novela, San Salvador, 1996)

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