México se escribe con X (segunda parte)

Por Zyanya Mariana

A MLG, porque su viaje me enseñó lo que siempre estuvo; y por siempre estar, a veces, me es invisible…

Me asalta la muerte de Levy Strauss mientras hacemos tamales para la fiestas de muertos. Siguiéndolo a él, mis obsesiones han sido las estructuras, esas que van más allá de los dogmas y las clasificaciones del bien y del mal; esas que unen en parentesco y lealtad a dos familias más por matrimonio y alianza que por un origen en común. Pensando en la estructuras, que en México son viejas y pesadas, hacemos tamales para los muertos y sentamos alrededor de una mesa al clan, al elegido y al de sangre. Esta vez, por puritito antojo, siguiendo la tradición de la Costa chica, de donde viene mi hija adoptiva, hemos decidido hacerlos de camarón seco, guajillo, hierba Santa y comino, el todo envuelto en hoja de plátano. En cambio los dulces, que sólo llevan masa y piloncillo, serán envueltos en hoja de maíz. Como en todas nuestras tradiciones, honramos en la persistencia (en la tangente etnocentrista) el vaivén y la multitud de mestizajes que nos componen. Del pacífico viene el camarón, del centro el guajillo, de la sierra mixteca la Hierba Santa, del Islam (turco o sunita) el comino y, de los confines asiáticos, las hojas plataneras. Sin embargo no hay que olvidar que a México los plátanos llegaron vía áfrica, con los primeros esclavos encargados de los ingenios azucareros. A ello le añado el maíz, ese cereal que a diferencia del trigo, autosuficiente, necesita del hombre para reproducirse. Paralelo a nuestros antiguos dioses, el maíz no es autónomo; necesita la sangre del hombre, su trabajo y sudor, para multiplicarse.

Siguiéndolo a él y sus estructuras, levantamos un arco lleno de flores de cempasuchitl: naranjas, olorosas y de 400 pétalos, infinitas pues. Lo escoltan, a cada flanco del arco, dos columnas de flores blancas, este año elegí gladiolas para decirles a mis muertos que no sólo los recuerdo y honro; este año también los extraño. Bajo este templo de flores, efímero, se resguardan los muertos y los alimentos: están en fotos los padres de mi padre, el padre de mi madre y más abajo, en las raíces, mi abuela niña rodeada de sus padres, tías y abuela. Una foto de principios de siglo. Los rodean las velas, una por cada espíritu; los alimentos frescos, vivos o recién hechos (frutas, dulces, camote en piloncillo, tamales, pan de muerto) y también los pequeños vicios y placeres públicos (cigarros, tantito tequila para brindar o una cerveza). Junto a los alimentos terrenales no puede faltar el agua que siempre fluye, la sal para alejar a los malos espíritus y convocar el linaje y, el sahumerio caliente, para purificar, con el humo del copal, los cuatro rumbos cardinales. Ahí, en esa mesa de tres pisos, está mi heredad, mi herencia y seguramente mis herejías.

Mi madre, proveniente de otra región más blanca, más judaizante y más católica (los altos de Jalisco) se limitará a decir, como cada año: “que bonita tradición”, alejando con sus palabras el rito que convoca a la familia india y mestiza de mi padre. Mientras mi hija chica, ya con 6 años, participará activamente de los preparativos. Trae la sonrisa orgullosa del niño que es parte de los ritos adultos. Amasará la harina con el aceite hasta darle consistencia; con sus deditos extenderá la masa en las hojas de plátano y tomará con el cucharón (demasiado grande para ella) dos o tres camarones con salsa, luego doblará la hoja, como el ritual Origami japonés, hasta lograr un pequeño rectángulo verde. Más tarde, en la mesa, exigirá su lugar en los honores “qué rica comida”, “yo ya soy cocinera”, y así será ya es grande, pues. Olvidará por unos momentos, la fiesta celta, que los norteamericanos han convertido en dulces del Halloween que tocan a la puerta. Sólo unos instantes, pues nosotros en México, al fin y al cabo mestizos, incluimos en lo sagrado lo otro (da lo mismo, desde la antigüedad, tener 1000 dioses que 1001), así mi hija podrá abrir la puerta de la casa para repartir dulces entre los niños que felices tocarán a nuestra puerta.

En casa se levanta una ofrenda al estilo Michoacán, nuestro linaje (vía mi padre y mi abuela) proviene de allá, aunque yo sea chilanga y mi rostro tenga dejos de “alteña”, la región de mi madre. Digo lo de la ofrenda y su origen porque no todas las ofrendas son iguales, ni tampoco todo el país tiene la costumbre. Cuando era niña, la ofrenda era mal vista, “costumbre de indios”, decían, y eso significaba el atraso, la barbarie, lo imperdonable. Allende que la identidad nacional forjada con las películas del indio Fernández, a quien le gustaba retratar el bajío con sombrero y traje charro. Mi familia no era de antropólogos, ni de humanistas, sino de migrantes pueblerinos en busca del milagro industrial. Así que mi padre casándose con mi madre estudió, se modernizó e intentó borrar todo vestigio indio de su existencia. Pero la historia social y personal es un pendúlo, lo que se fue ya viene y lo que se negó resucita… La globalización cuestionó el eurocentrismo, el multiculturalismo del mundo resurgió; mientras en México las ofrendas regresaron y un día, en las oficinas de burócratas internacionales con culpa, se convirtieron en patrimonio intangible de la humanidad. Lo que mi abuela me había enseñado, susurrante, a sus casi 80 años, cuando el perdón era parte de ella, de repente se puso de moda y, hoy, toda la ciudad se decora con ofrendas y los panteones de la meseta michoacana de turistas. La más pomposa de las ofrendas se levanta en el Zócalo, sin embargo las más bellas y sagradas provienen, como la comida, de las tierras indias mezcladas con el polvo de los frailes mendicantes. Ahí donde hubo y hay indios hay tradición: una masa como de tamales hecha de cenizas con brasas antiguas, endurecidas con ideas milenarias de los hermanos franciscanos, sazonadas con los negros huyendo de la Santa inquisición y amasadas con los ojos de mestizos multi-orígenes. Como los tamales, único alimento que recorre toda nuestra América, somos diversos, cosmopolitas; de chile, dulce y de manteca…

Zyanya Mariana

4 noviembre y 2009

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