Chichí fernández: las líneas de su mano

el

31740023Por Edgard Cardoza

Por el corredor apareció mi madre, pausadamente, agachada,
casi ciega. Sabía que no podía ser sino yo. Sollozaba de alegría,
de preocupación, de quién sabe cuántas cosas… Yo fui niño de
nuevo junto a mi madre, en la vieja casa de mi niñez.
Luis Cardoza y Aragón

Poesía ‘cercana al hueso’, sin florituras, pero intensa de significaciones vitales, es lo que pedía Ezra Pound (allá en la primera mitad del siglo veinte) para las nuevas generaciones de poetas del mundo. La borrachera de sangre de dos guerras mundiales y el consecuente deterioro de los más elementales nexos de convivencia, así lo requerían. En todos los órdenes, incluida la poesía, era
fundamental el retorno a lo humano como tema prioritario. Se hacía urgente hacer campear la expresión de la vida para desterrar los tufos aún presentes de la guerra. Pero a Nicaragua, país de origen de Francisco de Asís Fernández Arellano (Granada, 1945) tardaría en llegar aquella onda de aire fresco: lastimosamente desde once años antes del nacimiento de Fernández, Nicaragua era ya el latifundio de la familia Somoza. Poco o nada había, entonces, que celebrar. Esa sola razón y sus calamidades inherentes justifican la impetuosa poesía de aquellos años: dolorida, por tanto, agresiva, en consecuencia eminentemente política (tal discurso continuaría subsistiendo hasta finales de la década de los años ochenta, cuando menos). Aunque este poeta halló resquicios entre la forzosa invectiva para obsequiarnos cosas que celebrar. Poesía intimista sí, contestataria, añorante, mas no poesía lastimera, la de Francisco de Asís Fernández. La familia, el nacimiento de los hijos, el humor popular, los referentes de escritura, y sobre todo una mirada generosa hacia lo circundante y circunstante, lo han dotado siempre de un fresquísimo toque de optimismo.
Ya en 1963 (año del ascenso al poder del más sanguinario de los Somoza, el llamado Tacho II), a sus tempranos dieciocho años, Fernández encuentra –quizá a manera de antídoto gratuito y espontáneo- por vez primera como tema de escritura al poeta nicaragüense por excelencia, Rubén Darío, y acuña en su honor algunos de los más sentidos versos que hasta ahora le hayan dedicado (tan directos, precisos, contundentes, que bien valen por una biografía):

Te amamos porque en lo íntimo
de la noche callada
te abrías la levita
constelada de bisutería y piedras falsas
y mostrabas bañado en roja sangre
un trozo de carne palpitante
que era el propio corazón de Nicaragua.
(“La Sangre Constante”, 1974)

Desde muy joven, Fernández tiene la oportunidad de viajar. A partir de 1964 cumple estancias prolongadas en España (en donde estudia Letras y Dirección teatral), Puerto Rico (de nueva cuenta en plan de estudios) y México (en donde desempeña diversas actividades que van desde coordinador de campañas de solidaridad con el pueblo nicaragüense, profesor en la UNAM, hasta
Director de literatura y Coordinador nacional de talleres literarios del INBA, entre otros oficios).
Tales permanencias en el extranjero obviamente amplían su panorámica y le aportan nuevas y mejores herramientas de escritura, lo consolidan como poeta, pero acentúan también su vocación intimista: prácticamente en cada segmento de su obra de exilio, en cada poema, brotan las referencias idealizadas al terruño natal:

Esta grieta en la carne
sin hilos de sangre, sin pus, pelos malolientes
ni costras ocres,
se hizo roca, piedra volcánica, cráter de aristas infinitas
para que nacieran estas trinitarias del destierro,
estos jacintos con memoria.
(“En el Cambio de Estaciones”, 1982)

Y ese polvo, esos jacintos evocativos, van necesariamente acompañados de hálitos y pasos familiares. Las grietas en la carne son jirones de la familia ausente. Aquel inmenso cráter de soledad va ensanchando su cuenco en la medida de la lejanía a las fronteras del país amado. Los recuerdos son finalmente fluido amniótico de origen brotando como lava en la memoria:

…Ahora lo sabremos. Mano a
mano. Después conoceremos el paisaje. Y
tendré palabras limpias que no sean como
soga al cuello. O el blanco giro de la nube
entre las rocas. O lo que hemos tenido
y nos turba.
…Ahora sólo seguiré
haciendo de hilandera…

(“A Principio de Cuentas”, 1968)

Con el triunfo de la revolución Sandinista, Chichí Fernández regresa a Nicaragua y desempeña importantes cargos directivos en el nuevo gobierno. Su poesía continúa. Menos copiosa aunque más segura de sí. El tono de añoranza que caracterizó su escritura de exilio persiste (y se mantiene hasta la fecha). Bien lo dijo Gabriel García Márquez (palabras más o menos) en aquella
vieja entrevista con Eric Nepomuceno: cuando sales de tu país hacia el exilio, lo has perdido para siempre. Al regresar a los lugares queridos, a los amigos, ya no son los mismos. Los vínculos se han roto. Esa inmensa nostalgia ya no tiene remedio… Su relación con el sandinismo dirigente se fractura, pero sigue gozando de lo más importante para un poeta de sus características: de la fidelidad de su memoria que es poesía en especie a la que sólo falta sazonar
en la página, y de los grandes alicientes de toda su obra: el amor incondicional de (y/o por) su familia y su país.
En este instante justo, el poeta Francisco de Asís Fernández está sentado en el centro del patio de su casa en Granada, junto a un pozo sagrado que destila poesía y recuerdos de infancia. Desde aquel butaco de mimbre y palo santo ve desfilar la historia de toda la familia, mientras mece en sus piernas a sus nietos Alejandro y Camila. Y piensa:

Veo mi niñez enmudecida y radiante,
pero diciéndome que toda verdad está en los sueños y en las fantasías.
…Gracias a mi niñez comprendo las voces de los pájaros
y en mis manos no se marchita la belleza.
(Inédito, 2005)

Los niños se han dormido. El poeta se levanta, los lleva a la cama, les da un beso en la frente, y regresa a seguir contemplando el desfile de imágenes recién interrumpido. De paso a su butaco de mimbre y palo santo se inclina sobre el brocal del pozo y ve por un instante su cara reflejada en el espejo de agua, que le grita amistosa aquella frase de Bertold Brecht sobre la que Benedetti erigió
un libro: te has parecido siempre al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo como era su casa.

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